Un mal golpe imprevisto, y en cinco segundos mi vida cambió. La ambulancia vino rápida. Yo escuchaba cantar los pájaros desde la camilla, y pensé que a esas horas deberían haberse ido a dormir ya. Aunque es posible, ahora que caigo, que no cantaran, que fuera una melodía imaginada, o tal vez yo misma cantaba, y que quisiera estar en algún lugar donde, pese a todo, aún había motivos para entonar canciones. Dulce vuelo de atardecer, cuando las golondrinas baten las nubes y generan hogueras musicales. En el hospital tuvieron que darme algunos puntos en el corazón. Corazón herido una vez más. Sangraba mucho, y su latido, en el pecho, recordaba a las emisoras mal sintonizadas. Podría parecer insoportable, pero apenas me dolió. Supongo que conseguí anestesiarme proyectando futuros llenos de luz. Dijeron que no era nada para lo que podría haber sido. Que tuve suerte. Que otros corazones, con golpes más pequeños, se resienten mucho más. Que mi constitución es fuerte, y que el corte fue limpio. Que me cogieron a tiempo. Y que tengo un espíritu luchador, que no parece querer rendirse, y que eso es lo que me ha salvado de un daño mayor.
Ahora mi corazón está en rehabilitación. Dicen que podrá recuperarse del todo, que contra todo pronóstico, no quedarán secuelas, y que en breve tiempo, siempre y cuando haga los ejercicios que me manden, volverá a funcionar como siempre.
Evidentemente, no puedo comer nada que tenga culpa, dolor o resentimiento. Ya me imaginaba que esto me lo iban a prohibir. Tampoco puedo permitirme ni desilusiones, ni malos ratos. De torturarme con ideas de baja autoestima o de incapacidad, ni hablar. Han sido muy estrictos con esto. Dicen que ahí está la clave, ellos sabrán. Y de vez en cuando, pero sin abusar, puedo beber un poco de llanto, pero hasta eso me lo han limitado a una vez por semana. A ver si puedo, ya veremos.
Me han recetado un montón de pastillas, y me he vuelto extremadamente disciplinada a la hora de tomarlas. Quién me lo iba a decir, con lo poco que me gustaban antes los medicamentos... Tres rojas al día para estimular mis ganas de dar besos de nuevo, dos verdes después de cada comida para digerir bien la esperanza, dos azules antes de la cena, para volver a soñar. Al amanecer me pongo unas gotas para que mis ojos se enfoquen bien en la belleza que me rodea, y antes de ir a dormir, tengo que tomar una cucharada sopera de jarabe, (con sabor a fresa, todo hay que decirlo), que actúa directamente a nivel neuronal y me llena de pensamientos alentadores. También me han dado un inhalador, por si me da por recordar malos momentos o por ponerme triste, para que rápidamente se abra mi pecho y entre la poesía directamente al torrente sanguíneo a descongestionarme el alma. Cada vez que lo utilizo, me da la sensación de que el cielo me quiere, no sé explicarlo mejor. Juraría que crea dependencia, pero no voy a decir nada, no sea que me lo quiten. Me recomiendan llevar siempre conmigo unas cápsulas de ternura, y de momento, con éstas, no me han puesto ningún límite. Puedo tomar al día todas las que quiera.

Tengo que caminar hacia mi futuro, dos horas cada mañana, y sin mirar atrás. Y tejer nuevos planes y abrigarme bien con ellos al salir. Para que ninguna corriente de desaliento pueda contracturarme, que aún estoy delicada para exponerme a los malos vientos así como así. Pero que si voy protegida, no hay peligro. Todo lo contrario, parece ser que me va bien, fíjate tú.
Y para terminar mi rehabilitación, como última tarea, o encomienda, que casi parece más una prueba iniciática que una recuperación, dicen que debo abrazar todos los días a alguien, para que el corazón vuelva a querer, y no coja el vicio de ser desconfiado.
Todavía no me atrevo. Y es por mi timidez.
Creo que necesito voluntarios.