27 abril 2007

Soledad

Un silencio profundo y vibrante envuelve este espacio en el que me encuentro, y las voces de los otros se pierden en el barullo de la ciudad. Se están levantando las auroras, y parece que el dolor, este dolor lacerante que aún me persigue y me atravesaba el alma, empieza a remitir.


Nunca había vivido una soledad tan penetrante, tan cierta, tan poderosa. Nunca me había permitido vivir así. Me está calando, y me está abarcando, y su fuerza se manifiesta para mi asombro, en mis manos y en mi voz.

No sé cuándo acabará este tiempo. No sé cuando mudará el color. No sé si estas ojeras que aún asoman se tornarán permanentes, como cicatrices de viejas heridas que recuerdan las antiguas batallas, o se regenerarán en olvido y piel nueva. No sé si tendré que seguir escalando muros de piedra a oscuras, o por fin llegaré a este final.

Lo que sí sé es que hasta ayer decía ya no puedo, y hoy sí me alcanza.

Me dispongo ante la vida como ante la presión de los días nublados, sabiendo que, en cualquier momento, se desatará la tormenta.

Y después el huracán

Y después, vendrá la calma.

Y por fin, un rayo de sol.



Imagen: L. SPILIAERI. Vértigo. 1908. Tinta china, acuarela y lápiz de color.

19 abril 2007

Todo gira

..."Después de las penas de su alma, verá la luz y quedará colmado".
(Isaías 53,11)






Todo gira,
continuamente,
todo gira y gira,
y este vértigo no parece tener fin.

Añoro Abantos y su pequeña carretera empinada llena de retama, (sigo sin entusiasmo) y más allá, añoro el bosque de potrillos y ciervos esquivos en el que me fundía con paso sagrado desde la curva previa a Peguerinos, donde aparcaba el coche antes de comenzar el ritual. El río habrá florecido, y me duele recordarlo, y lloro de distinta manera a como lloré la primera vez que lo ví.

Intento dormir durante un par de años, pero no lo consigo, y esta primavera parece una guerra nuclear.

Mi madre me abraza, se despide de mí en la calle, retrocede y me vuelve a abrazar. Me retiene contra su pecho, me aprieta contra ella, y yo me tengo que agachar porque soy un poco más alta, o estoy menos encogida en apariencia, y me acuna su respiración y su ternura de madre impotente, y su olor a pan recién hecho y a pucheros continuos en la lumbre llena el barrio, y probablemente, la ciudad. Mi madre me abraza, y yo le sonrío, y me da el tiempo justo para volver a despedirme, con el torbellino girando a mi paso, para que no me vea llorar. Me quedaría en su pecho y volvería a amamantarla, pero debo continuar. Voy a la estación, a buscar un billete para el tren que, una vez más, no me alejará lo suficiente de mí.

Añoro la esperanza, esa fuerza que me sostuvo y a la que le he perdido la fe. Añoro mi piel cuando no lamentaba heridas y reclamaba su diezmo. Añoro mis ojos cuando te tenían ganas, y eran correspondidos y las copas del bar empezaban a aplaudir. Añoro los días en los que no tenía que convivir con esta puta tristeza que me parte el alma en dos.

Hoy me refugio tras unas gafas de sol, y fíjate tú qué chorrada, dicen que me sientan muy bien.


Primera imagen: S.DALI. El estanque de las lágrimas. 1968-69. Aguada.

Segunda imagen: E.HOPPER. La luz del sol en una cafetería. 1958

12 abril 2007

Estoy cansada

Camino entre sueños por calles inciertas, al destiempo de la noche y de las ruinas. Están cayendo las murallas y el polvo se pega a la piel como si fuera arena, y luciera el sol y acabáramos de bañarnos y fuera un día ideal. Pero no hay playa, no hay playa en estas calles desiertas, y ya no me cercan las olas, ni me acaricia la brisa, ni la hondura me invita a nadar, no descansan mis ojos en el horizonte abierto, y no espero la tarde en la sosegada calma del vaivén. En realidad, apenas espero nada, porque hace tiempo me cansé también de esperar. Camino y camino, y me estoy agotando irremediablemente de tanto trajín.

A veces me pregunta alguien cómo estoy, y los andamios en los que me sostengo comienzan a temblar.

Estoy cansada
Supongo que eso debería ser suficiente.

Pero estoy muy cansada y quiero que se sepa, y a ratos me aplasta tanto el cansancio que la columna se repliega y parece un signo de interrogación. Apuntalo los párpados para seguir en pie y no hay vigas que hoy retengan el peso de esta construcción. Me estoy desalojando, y en esta mudanza lo cierto es que ya no puedo más.

Me desmorono y me deshabilito

Y me gustaría acostarme en una urna infinita, y dormir sin tregua hasta el día del juicio final.


Imagen: La encontré rebuscando en google, y Motarile me ha soplado que es de Guillermo Munro y que se titula "dormida". Da gusto tener amigos cibernéticos como él...

06 abril 2007

Puños abiertos

No sé en que momento ocurrió. No sé si fue un descuido, desidia o algo inevitable. No sé si con más atención podría haberlo visto venir, si aparecieron señales que ignoré sistemáticamente, bien por ignorancia, o bien por despiste, que, al fin de cuentas, viene a ser lo mismo, o si era una prueba y fui mermada, o quizá, como decía, quizá

sólo se trató de algo sencillamente inevitable.

Un día cerré la puerta. Cerré la ventana. Bajé la persiana (perdí la luz). Cerré la cama. Cerré los ojos. Cerré las manos, fueron puños y empezaron a doler. Cerré la boca. Y el armario. Eché el candado. Dejé de husmear. Recogí las banderas. Deserté en las batallas. Ignoré los sueños, perdí el contacto, negué las voces. Subí el volumen de la música y me puse a amasar pan.

Nunca dejé de regar las flores.

Y un tiempo después amaneció. Alguien subió la persiana (recuperé la luz). Y creí en la resurrección de la carne. Maté al ave fénix, nunca más lo veréis volar. Luché en el frente y las heridas dolían, cómo dolían, pero se izaron las banderas, y reconstruí mi hogar.

Soy dueña de infinitos sueños, y lo ignoraba. He abierto la puerta.


Habito una cama de ojos claros
Y sé cuál es el secreto

Mis puños contienen voces que se desparraman sin piedad.

Imagen: M.Amado. Salida al patio. 1982.

01 abril 2007

Pared de piedra

- ¿Quieres pasar?
- La verdad es que no, no sabría dónde ponerme...
- Puedes coger un taburete y sentarte, estarás más cómodo
- No sé qué haría yo sin ti...

Tal cual. Y el chico de la cazadora de cuero negra que llegaba tarde, se cogió el taburete, se pegó a mi sombra, y escuchó conmigo el concierto de jazz, en el final del pasillo de piedra y arco del sótano de La campana de los perdidos. A veces se acercaba tanto que su brazo se encajaba en mi costado. Y entre tema y tema, el ácido limón de las Coronitas y su voz en el oído, transcurrió un concierto suave e íntimo que no nos decepcionó. A ratos intentábamos ensanchar el pasillo empujándolo con la planta de los pies, y nos mirábamos y reíamos. “Tardaríamos años, aunque podríamos intentarlo...”, me decía, y mientras retumbaba el bajo (qué bueno era el bajista, por dios) en mis entrañas me imaginaba allí, empujando la pared durante años con ese desconocido de sonrisa amplia, escuchando su voz en mi oído y sintiendo su brazo encajado en mis costillas, y os juro que durante un instante hubiera apostado por ello y me sentí una mujer feliz. Apoyé mi cabeza en la pared. Fuera de allí el mundo seguía girando loco. Pero esa pared de piedra me protegía y me aislaba, y en ese espacio, y en ese tiempo, todo estaba empezando a sonar muy bien. Me fascinaba la sensación fuerte y cálida en mi pelo. Al cabo caí en la cuenta de que las paredes de piedra no son mullidas. Miré al chico de los brillantes ojos azules y la cazadora de cuero, que había cambiado de posición y se acercaba aún más “No te cortes, me encanta que te apoyes en mí.” Y su brazo volvió a encajar en mi costado.

Seguía sonando la música cuando terminó el concierto.




Aún sigue sonando


Imagen: Pared de piedra de quién sabe dónde...

28 marzo 2007

La hora del alba

Y a la hora del alba, cuando las sombras deban ser ejecutadas, un dulce canto de alondra inundará la estancia y nos dará cobijo. Todo lo que habrá entonces será eso. Las manos llenas, el canto de la alondra. Y una breve plenitud. Quedará atrás la espera infanticida de un mundo mejor. Este es nuestro mundo y poco podemos hacer ya para que no reviente. Abandonemos de una vez la gran mentira de que todo está bien. No hay nada que podamos mejorar aunque aún podemos llenarnos los ojos de flores que explotan. Quizá si cada uno nos encargamos de un jardín, se me ocurre que tal vez, toda la belleza del mundo pueda ganar la batalla a la muerte por nosotros. Aún apostaría por ello, no te creas. Pero esto es lo que hay, desolación y pereza, y el cielo que hoy miramos y que nos refleja esconde agujeros negros. No hay nada allá atrás, nada, excepto el gran universo con sus misterios inabarcables y sus juegos incomprensibles. Dicen que se está expandiendo, y que se aleja, y sólo de pensarlo siento temblar la tierra y no hay tabla en la que salvarse ya. Nadie estará esperando para decirnos qué hacer. No hay unos brazos infinitos abiertos para envolvernos con una manta eterna de consuelo y perdón. No hay más juicio final que el del miedo que nos da el vivir sin tener una entrada al paraíso.


Estamos solos en esta noche negra, en esta noche tan cerrada que parece una gruta del fondo abisal.

Estamos solos y no existe la otra orilla.

Estamos solos, y ninguno parecemos estar al corriente.

Vamos remando en un mar de sueños, amor mío, y la piel se nos caerá a jirones cuando el tiempo haya concluido.


Primera imagen: Tórtola torcaz en mi balcón. ¿Que cómo lo sé? Me lo ha dicho una mandarina azul...
Segunda Imagen: G.CHIRICO. El enigma del oráculo.1910.

20 marzo 2007

Ella escucha

Ella escucha.
Desde tiempos remotos, el poder de la revelación le ha sido dado.

Ella escucha.


Y entre el ruido, en mitad de las palabras, por encima y por debajo de ellas, en los huecos del pensamiento y de los sueños, entre la maraña de los sonidos que filtra la aurora, en los murmullos, gritos, y silencios que recorren las calles, en la cadencia de los suspiros, de las ausencias y de los cantos que pueblan la noche, en la penetrante distancia de los susurros, rumores, ecos y aullidos que evoca el vértigo,


ella distingue La Voz profunda que se dirige a su alma.

Ella escucha
y presta atención.
Siente la presión en el pecho
y la rueda vuelve a girar.

Imagen: Anónimo. Genio femenino alado y portador de flores. Procedente de Stabies. Museo Arqueológico Nacional. Nápoles. A los que me visitáis con frecuencia, os invito a que leáis mi último comentario de la entrada anterior. Si os apetece, claro. Y a los demás, también. Evidentemente.


16 marzo 2007

Nudo

Amanecen dos escobas al lado de mi cama
con una barro miserias, con otra sobrevuelo la noche
Y una de las gatas vigila los puertos.

Vengo de contrabando con los pliegues de la falda arrugados y las botas sin anudar y me miro al espejo y me siento poderosa. Vengo del otro lado de las murallas, de negociar caminos. Vengo de cabalgar a pelo por la orilla del mar. Vengo del rincón de penumbra donde los sueños se esconden, y se engarzó en mi pelo una ola que te tocó.

Amanece también una cuchara de palo, que disimula entre los pucheros. Pero conjura bálsamos y tiembla la tierra y cocina indecencias a borbotones mientras el mal desaparece. Estoy removiendo los tiempos para acelerarte y traerte, y unos brazos invisibles están abarcando mi espalda, y ya oigo tu respiración. Dejaré las otras pócimas para más adelante.

Acabo de comprar un nuevo futuro, llegará el viernes a contrareembolso. No sé qué será de mí.

Invoco mareas y precipicios, y ese nudo en tu estómago, no lo dudes,

me está precediendo.


Imagen: J.Turner. Luz y color. La mañana después del diluvio, 1842

11 marzo 2007

Señales de humo














Te estoy enviando señales de humo
pero no quieres atenderlas
y hoy estoy enferma, y tengo fiebre
y es de tanto esperar tu respuesta y no encontrarla
Miro una y otra vez por la ventana
buscando nubes distintas
Ninguna señal de ti
Y me pregunto por qué aún sigo creyendo en imposibles,
en botellas con mensaje que se lanzan desesperadas
al mar, huyendo para que alguien las recoja
(y que, efectivamente, alguien recoge)
o en el aleteo de una mariposa
que puede generar huracanes quién sabe dónde

Hoy tengo fiebre
y es porque te mando señales
y te estás haciendo el despistado
y dejas pasar las horas como si nada.
Tú empezaste esto, no me vengas con cinismos
y parece mentira que creyeras
que todo iba a permanecer igual.
Te anticipo que no va a resultar fácil
y que el tiempo de espera,
como no te espabiles,
tarde o temprano, ambos lo sabemos
llegará a su fin.

Después no habrá mensajes,
ni humo en el cielo
ni citas de domingo, ni brindis, ni flor
que valga
Y un pájaro de muerte y angustia picoteará tu ventana
y te preguntarás mientras te retuerces empapado en ausencias
qué es lo que añoras tanto.

Sabes que hablo de ti
Lo sabes por ese vuelco en el pecho
que sólo aparece en los momentos decisivos
Lo sabes y lo ignoras
Y me pregunto, envuelta en fiebre
y evocando tu nombre
cómo puedes ser tan imbécil.


Me estaba cansando del tono tranquilo y tiraquepuedocontodo de mis palabras. He llegado a plantearme abrir otro blog, como si abriera un nuevo Moleskine, con sus hojas de crema vírgenes aún, para escupir la rabia y este carácter que me sostiene y al que tanto tengo que agradecer. Finalmente, he decidido hacerlo aquí. Supongo que será la fiebre y que, después de todo, no sólo tengo un personaje que interpretar. Supongo que puedo hacerlo. Supongo que quiero hacerlo. Vamos, que sobra tanta explicación. Al fin y al cabo, esta es mi casa ¿no?
¿La foto? Se me olvidaba. La hice yo, si, y sigue siendo de la tanda del Monasterio de Veruela. Me cundió ese día, lo reconozco.

08 marzo 2007

Buceo

Buceo entre mis noches oscuras y busco demonios con los que enfrentarme
Desciendo por las grutas que llevan tu nombre y me asomo a las cuencas vacías de tus ojos
Persigo un rastro, una huella que me conduzca al dolor, para exocizarlo


Pero sólo encuentro flores

Es posible que no esté escarbando donde debo
o quizá sea que ya vivo en otro mundo



Imagen: Fotografié estas calles de mi ciudad cuando no sabía que serían pronto mis calles, ni que esos días traerían tormentas que dejarían a su paso un aire limpio y un cielo radiante. Y ahora que llegan poemas a mis manos, velas al atardecer y onzas con mi nombre de chocolate belga, me pregunto cómo he podido vivir tanto tiempo contenida

04 marzo 2007

Treinta y siete


A mis treinta y siete me pongo los zapatos de matar
y salgo a la calle rompiendo baldosas.

Es cierto que he cambiado de talla, pero es cierto también que otras pagan por hacerlo. Será que tengo el corazón más grande de tanto y tanto querer, de tanto abrir el pecho buscando oxígeno para no asfixiarme, de tanto abrazar ausencias, de tanto asomarme a precipios y estrujar su belleza para no dejarme caer.

A mis treinta y siete, sigo amaneciendo despacio.
Y oigo un llanto de niño recién nacido que se acerca desde el infinito. Me asomo a la ventana, y antes de contemplar el cielo, un velo de flores rojas recién abiertas me cuentan los secretos de la noche. Diminutas gotas de vida que enmarañan visiones, acarician mis ojos y me obligan a despertar.

Suena la música, y sigo bailando. Y este cuerpo, cansado de tanta cuesta en el camino, vibra con los acordes y comienza a danzar. Giro loco que conecta con el otro giro más grande, desde el centro de la tierra donde habitan las llamas eternas, y puede que allá lejos, de tanto y tanto girar, se esté generando una nueva galaxia.

A mis treinta y siete años se amontonan los amigos y las llamadas
Y la Cuchi me ha regalado la noticia de su primer embarazo. Ella lloraba al contármelo. Yo he llorado al escucharla. Y recuerdo, con esa mezcla de nostalgia y alegría, las horas y horas sin dormir, hablando y riendo, cubiertas por una manta, al abrigo de las nieves del Escorial. La casita azul sigue allí, en la plaza del pueblo... ¿qué anhelos poblarán hoy, en esta mañana radiante de sol, las paredes que nos cobijaron? Alguien abrirá el horno, y el olor de nuestro pan recién amasado inundará el salón. Y los cantos de la buhardilla, bajarán sigilosos por la escalera y buscarán un rincón para continuar.

Mejoran mis recetas con el paso de los años, como los buenos vinos con los que habré de brindar, y no hay nada como abrir la puerta tras una jornada de trabajo y respirar en el hogar. Canta un búho desde las nubes. Dejemos que él contemple la creación. Secreta alquimia de ternura y abismo, de misterio que se descifra a oscuras, cuando los cuerpos sólo se visten de luz. Hubo un eclipse de luna llena esta noche mientras dormía, y ya he aprendido a hacer filtros de amor.


Sigo pulsando universos, y provocando tormentas, es verdad

Pero tengo treinta y siete promesas que contarte.

Y treinta y siete rayos de sol

No te los pierdas



Las fotos son mías. La primera es del Monasterio de Veruela, la segunda, del Monasterio de Piedra. Y para todo el que se asome por aquí, a partir de esta tarde habrá fiesta en la cocina. Estáis invitados. Encenderemos treinta y siete velas.

01 marzo 2007

Primavera adelantada

¿Acaso se estremece la tierra con mi paso?
¿Podrá esa nube acercarse a mí?

Comen los pájaros de mi mano, florecen las azaleas tras el invierno.

Expando mis dedos y abarco el universo.
Todo es posible hoy.

Imagen: Azaleas in May on Mount Aso


Y acaba de nacer Trazando caminos un blog comunitario que os recomiendo visitar, lleno de buenos amigos, de buenos deseos, de mucha ilusión

24 febrero 2007

Renacimiento

Viaja una estrella desde tiempos remotos y se está preparando para explotar. Hoy me he asomado a la ventana, a mi nueva y abierta ventana, y aún cuelgan del cielo atisbos lejanos de su resplandor.


Y sueño con la niña que ha nacido prematura y valiente, y que se bebe el mundo como si ocultara el océano en sus ojos. Se izan las banderas de guerra a su paso, y el puente flotante, de niebla y precipicio anticipa los muros que la han de resguardar. Juega con mis manos, manos que sostuvieron espadas antes de partir, antes del disimulo. Serena de viento y promesas, nadie más habrá de contenerte.

Que se preparen las señales, que se preparen los imposibles, que se preparen ante las cuadras desmanteladas, los unicornios en los que ya cabalgué. Que se preparen los himnos, y que el banco que quiso hipotecarme implosione de certezas.

Afilad las trompetas, que alguien de paso ligero está rompiendo su destino.

Y cantan también extraños pájaros, las letras redescubiertas entre los brotes prematuros de la primavera.

Palos secos que germinan ajenos a las bombas que revientan las botas que hace tiempo pulí.

Y un soldado, esta noche, velará la muerte y mi puerta, llorando. Y no podré acunarlo en este pecho en el que amamanto los pasos que sueño dar. Abismo insondable de roca y arena... ¿qué hay que hacer para saber de ti?

Se desploman las nubes negras.

El mal tiempo concluyó.


Imagen: Camelot, de Gustave Dore.

20 febrero 2007

Orden



Un vago sentido de orden emerge de cualquier observación continuada de la conducta humana.

Skinner, 1953


Imagen: Paula y Laksmi.
Definitivamente, yo encuentro mi orden durmiendo. De eso, cada vez tengo menos dudas...
¿Cómo lo encuentras tu?

13 febrero 2007

Paracaidistas

Me gustan los paracaidistas porque vienen del cielo

y traen arneses a los que agarrarse.

Me gustan porque casi casi vuelan, y porque parecen acostumbrarse a saltar al vacío. Y no les paraliza el desconocer si habrá tierra mullida o una roca dura bajo sus pies. Porque un día superaron su miedo ancestral y confiaron en la anilla que iba a concederles la danza mágica de dorado celeste al atardecer.

Desconozco si en el descenso, al contemplar la creación, llorarán emocionados, o simplemente se dejarán mecer por las nubes. Y si algún ser querido, de los que ya emprendieron el vuelo, les recordará en un susurro que algún día también podrán prescindir del paracaídas para surcar el cielo. Desconozco su impulso, y el motor que los hace tan intrépidos. Pero aplaudo sus ganas, sus risas locas y su miradas perdidas en el horizonte al tocar tierra otra vez.

He visto paracaidistas que se acercan envueltos en guirnaldas de flores de las cumbres de donde nace la lluvia. Y son porteadores de las botellas con los mensajes que aquella vez lanzamos al mar. No sé si llevarán también la mía, y lo cierto es que no me importa. He visto como en el descenso descorchaban nuestra esperanza y se la bebían a tragos. Brindemos entonces por las nuevas palabras, renacidas, que cantaran los coros invisibles del cielo, una vez que hayan aprendido nuestras letras.

Me gustan los paracaidistas, porque tienen perspectiva. Y una visión panorámica de lo que les aguarda. Y pueden disfrutar viendo la tierra reseca al recibir ansiosa el fruto de las nubes que ha de nutrirla. Y los ríos cuando manan, y el estruendo del deshielo. Y como compañeros de viaje cuentan con las águilas y su libertad. Y si saltan en grupo forman círculos y parece que danzan. Se dan la mano, y se deslizan por las corrientes. Y no dejo de preguntarme cómo pueden tener tanta y tanta confianza en el salto. Y qué sentirán cuando el viento sostenga la planta de sus pies. Y si tuvieron que pedir, en algún sitio, permiso para aterrizar.

Me gustan los paracaidistas, porque se dejan caer.

Y traen entre sus pestañas las visiones de lo que ha de venir.



Ha aparecido un arco iris lejos, allá lejos, ¿puedes verlo?

Imagen: Oberon, de George Baselitz

08 febrero 2007

La rehabilitación

Un mal golpe imprevisto, y en cinco segundos mi vida cambió. La ambulancia vino rápida. Yo escuchaba cantar los pájaros desde la camilla, y pensé que a esas horas deberían haberse ido a dormir ya. Aunque es posible, ahora que caigo, que no cantaran, que fuera una melodía imaginada, o tal vez yo misma cantaba, y que quisiera estar en algún lugar donde, pese a todo, aún había motivos para entonar canciones. Dulce vuelo de atardecer, cuando las golondrinas baten las nubes y generan hogueras musicales. En el hospital tuvieron que darme algunos puntos en el corazón. Corazón herido una vez más. Sangraba mucho, y su latido, en el pecho, recordaba a las emisoras mal sintonizadas. Podría parecer insoportable, pero apenas me dolió. Supongo que conseguí anestesiarme proyectando futuros llenos de luz. Dijeron que no era nada para lo que podría haber sido. Que tuve suerte. Que otros corazones, con golpes más pequeños, se resienten mucho más. Que mi constitución es fuerte, y que el corte fue limpio. Que me cogieron a tiempo. Y que tengo un espíritu luchador, que no parece querer rendirse, y que eso es lo que me ha salvado de un daño mayor.

Ahora mi corazón está en rehabilitación. Dicen que podrá recuperarse del todo, que contra todo pronóstico, no quedarán secuelas, y que en breve tiempo, siempre y cuando haga los ejercicios que me manden, volverá a funcionar como siempre.

Evidentemente, no puedo comer nada que tenga culpa, dolor o resentimiento. Ya me imaginaba que esto me lo iban a prohibir. Tampoco puedo permitirme ni desilusiones, ni malos ratos. De torturarme con ideas de baja autoestima o de incapacidad, ni hablar. Han sido muy estrictos con esto. Dicen que ahí está la clave, ellos sabrán. Y de vez en cuando, pero sin abusar, puedo beber un poco de llanto, pero hasta eso me lo han limitado a una vez por semana. A ver si puedo, ya veremos.

Me han recetado un montón de pastillas, y me he vuelto extremadamente disciplinada a la hora de tomarlas. Quién me lo iba a decir, con lo poco que me gustaban antes los medicamentos... Tres rojas al día para estimular mis ganas de dar besos de nuevo, dos verdes después de cada comida para digerir bien la esperanza, dos azules antes de la cena, para volver a soñar. Al amanecer me pongo unas gotas para que mis ojos se enfoquen bien en la belleza que me rodea, y antes de ir a dormir, tengo que tomar una cucharada sopera de jarabe, (con sabor a fresa, todo hay que decirlo), que actúa directamente a nivel neuronal y me llena de pensamientos alentadores. También me han dado un inhalador, por si me da por recordar malos momentos o por ponerme triste, para que rápidamente se abra mi pecho y entre la poesía directamente al torrente sanguíneo a descongestionarme el alma. Cada vez que lo utilizo, me da la sensación de que el cielo me quiere, no sé explicarlo mejor. Juraría que crea dependencia, pero no voy a decir nada, no sea que me lo quiten. Me recomiendan llevar siempre conmigo unas cápsulas de ternura, y de momento, con éstas, no me han puesto ningún límite. Puedo tomar al día todas las que quiera.


Tengo que caminar hacia mi futuro, dos horas cada mañana, y sin mirar atrás. Y tejer nuevos planes y abrigarme bien con ellos al salir. Para que ninguna corriente de desaliento pueda contracturarme, que aún estoy delicada para exponerme a los malos vientos así como así. Pero que si voy protegida, no hay peligro. Todo lo contrario, parece ser que me va bien, fíjate tú.

Y para terminar mi rehabilitación, como última tarea, o encomienda, que casi parece más una prueba iniciática que una recuperación, dicen que debo abrazar todos los días a alguien, para que el corazón vuelva a querer, y no coja el vicio de ser desconfiado.

Todavía no me atrevo. Y es por mi timidez.

Creo que necesito voluntarios.

02 febrero 2007

Recuerdo

Recuerdo la luz. No recuerdo la canción. Recuerdo el sitio, y cómo estábamos sentados. Recuerdo el olor. Cómo lo recuerdo. Siempre recuerdo el olor. Lo que más recuerdo de ti, lo que perdura siempre, es el olor. Ya lo sabes. Recuerdo también tus ojos, mirándome sin quererme mirar. Recuerdo que querías no estar. Que querías no haber estado. Recuerdo que ante todo, querrías haber estado. Recuerdo que te arrepentiste de haber estado. Perdón, que nunca te arrepentiste de haber estado. Recuerdo que te arrepentiste de no haber estado. Como yo. Recuerdo mirar tus ojos llenos de culpa, y no saber a quién culpar. Recuerdo que me sentí culpable. Que sentí culpa por tu culpa. Que hice tu culpa mía. Recuerdo que quisiste retirarte a tiempo. Hace ya tiempo. Y que no hubo tiempo. Recuerdo que yo también quise retirarme a tiempo. Y tampoco encontré el tiempo. Hubo tiempo después. Tiempo de culpa. Y tiempo sin tiempo. Recuerdo las ausencias. Y el vacío. Las alas de los ángeles azotaban entonces nuestra ventana. Nunca me creí del todo que aprobaran nuestro amor. Aún revolotean las plumas cuando me retuerzo de soledad al amanecer. Recuerdo que sus himnos generaban la niebla que nos procuraba esconder. Por no sabernos retirar a tiempo. Pero nunca quise retirarme. Tú tampoco. Recuerdo la encrucijada. Y el laberinto. Y el minotauro nos acorraló sin piedad. Los ángeles ahora lloran en un rincón. Recuerdo que sus cantos eran claros. Pero no supe entender sus mensajes. Recuerdo mis sueños de entonces. Todavía no sé cómo los interpreté tan mal.

Recuerdo que un día dejamos de hablar del futuro. Que empezamos a abrir paréntesis. Que no podíamos contener las ganas. Recuerdo que nos buscábamos por los rincones, y luego nos escondíamos para no robarnos el corazón. Para que no se notara. Para que pudiera seguir latiendo a su ritmo habitual. A su ritmo cotidiano. Pero nuestro corazón nunca tuvo un ritmo habitual. Ni cotidiano. Recuerdo tu voz. Ahora me suena terriblemente lejana. Y aunque mañana vuelva a escucharte, recuerdo que pensé que no podría soportarlo.

Recuerdo que mientras te despedías de mí, todas las puertas parecieron atascarse. Recuerdo que quería correr, quería correr tan rápido como para detener el tiempo y retardarlo, y retrocederlo, y cambiarlo, no sé, hacer lo que fuera, como fuera, hacer lo que hiciera falta para devolverlo al preciso instante en el que aún no te habías despedido, en el que aún no me habías dicho, esto sí parece definitivo ya. Recuerdo que me tragué las lágrimas. Recuerdo que me tragué el dolor. Recuerdo que tú también tragabas. Pero recuerdo que quería correr. Sobre todo, recuerdo que quería correr. Recuerdo que me imaginé corriendo, y que esa imagen consiguió aliviarme. Recuerdo que hubo un mundo donde yo empecé a correr, y el tiempo estuvo de acuerdo en pararse. Y en ese mundo las cosas me parecieron de otro modo. Recuerdo que las sombras me rescataron de la locura, y me devolvieron en volandas nuevamente aquí. Donde sólo quedan recuerdos.



Recuerdo que finalmente recordé que me abrazabas con desesperación. Que luchabas por retenerme un instante más. Recuerdo que entonces comprendí por qué.

Recuerdo incluso lo que nos estuvimos tomando.

Nunca un capuchino me supo tan amargo

28 enero 2007

En la cuerda floja. Segunda parte

Pero sigo en pie.

En la cuerda floja.


Con unas cuantas cicatrices como estandartes. Y estos viejos pies cansados aún tienen el ritmo, y la torsión para replegarse sobre sí mismos y dar un paso más.

En la cuerda floja, todo se mueve. Dulce arrullo de olas imaginarias de un océano cuyo fondo algún día me será revelado. Y los delfines de lomo de plata cantarán en mi honor. Y descansaré feliz y viajera en vaivenes que sostendrán mi pesar hasta que se diluya y pueda elevarme entonces y continuar. Y desaparecer. Al fin.

En la cuerda floja, nada está fijo. Y las leyes rígidas que pretenden ampararme se retiran a dormir. A veces, el impulso es tan grande que puedo sobrevolar el cielo y balancearme sobre las estelas de los aviones que cruzan el mundo, y comprobar que hay huellas en la luna que no han sido descubiertas. Y que en sus cráteres asoman secretos que, irremediablemente, olvido al volver. La cara oculta es mi rostro resucitado, limpio de llanto y ausencias, que me ofrece el reflejo de lo que estará por venir cuando el tiempo se desenhebre del último desierto que decidí recorrer. Y el brillo de mis ojos volverá a encender la hoguera, y las piedras volverán a crecer.

En la cuerda floja, hay un anhelo. Y el nudo que me anuda, que me alza y me sostiene, que contiene mi respiración y la libera, pulsa un suspiro que acuna mi pena. Aliento de vida que me reclama, sirena de futuro a la que no puedo dejar de acudir. Veo infinitas puertas, y el cofre de las llaves maestras me salvó del último naufragio. Caminar sin dejar rastro fue mi bendición.

En la cuerda floja.


Conozco desde siempre una danza equilibrista fácil de ejecutar. Y los planetas giran en sus órbitas sin trapecio al que acudir. La barra fija de mi infancia golpea en mi memoria, cuando girar y girar con la pelota azul era un juego, y no podía sospechar que estaba aprendiendo a vivir. Y los saltos y las volteretas despertaban mis risas y la conciencia de estar viva como un gran tesoro que cuidar.

Vive en mí una equilibrista que nació conmigo. Y una bailarina de pasos imposibles que todavía se levanta en puntas cuando avanza. Y una ejecutora del doble salto mortal.

Y me cubre una red que he ido tejiendo con mi canto, con las heridas abiertas y con los fragmentos de cielo que fueron configurando mi sombra desde que camino.

A veces me quejo, es cierto, pero es la resaca del baile

que me obliga a descansar.

En la cuerda floja.


Primera imagen: Funambulista, de Félix Navarro
Segunda imagen: La travesía funambulista, de Rizzibuki

23 enero 2007

En la cuerda floja

En la cuerda floja

Llevo años caminando en la cuerda floja. En una cuerda que se tensa y se destensa según la voluntad desconocida de alguien cuyas risas a veces, creo escuchar excesivamente cerca de mi oido. Me giro sobresaltada. No hay nadie a mi alrededor. Ni en las calles, ni en la ciudad. Todo está vacío. Y el eco sigue en el aire.

En la cuerda floja, todo se balancea. Alguien me está acunando desde las alturas, pienso, y me dejo mecer mirando un cielo azul, claro y limpio mientras un sol tibio me acaricia las mejillas, y mis manos juegan a enredar los días y a desenredarlos.

A veces, la cuerda consigue tal quietud que la serenidad hace que parezca que piso tierra firme, como tantos otros, otros que miro absorta con sus promesas cumplidas y sus hipotecas a medio pagar, con la seguridad que proporciona el creer que conseguir objetivos es tener un lugar en la tierra. Entonces, yo misma procuro ingenuamente enraizar mis pies y sueño mientras puedo, que también conseguí ese lugar en la tierra y que esa falsa seguridad tiene pase permanente en mi vida.


Pero la quietud miente. Siempre, siempre miente. Nunca conocí una quietud que fuera auténtica, excepto la de las piedras que observan los monjes mientras esperan verlas crecer. Y nunca la quietud se atrevió a cruzar el umbral sin escolta. Con mirada altiva, viene la quietud con un ligero retroceso, y después con un profundo retroceso, y luego con un vértigo donde desfila la trayectoria de lo vivido con una zozobra que me recuerda insultante, que el tiempo ya no se mide en minutos, o en horas, o en años, sino en angustias vacías y en decisiones por tomar. En caminos errados, y en noches desveladas. Y en fugaces momentos que encendieron las antorchas que me dieron calor y alternativas. Es el preámbulo al disparo del arco, nuevamente manipulado por la voluntad desconocida, que me lanza a un nuevo mundo, sola, a ciegas y con el alma desnuda. Y la rueda vuelve a girar.

Después, el alma cimbreante debe ponerse en pie, y seguir. Y el equilibrio perdido, debe ser recuperado. Para seguir avanzando. Aunque los naúfragos ya saben que no han de volver en el barco que les escupió a la orilla, que el mar con sus abismos se ha convertido en un muro tan cruel como hipnótico, que los amaneceres serán el anuncio de que aún se puede continuar, y que, sin más, sin que nadie les tuviera en cuenta antes de estigmatizarlos, se han convertido en supervivientes.

En la cuerda floja.

No conozco otros pasos que los que tiemblan buscando certezas que saben que no pueden encontrar. No conozco más caminos que los que van revelando las rocas al desprenderse con el vaivén. No conozco otro fin en la andada que el de contemplar la belleza, y la exquisitez de la creación.

Ni más estrategias que el convertirme en una buena equilibrista

En la cuerda floja

Imagen: Equilibrista, 1998, de Luis Damotre Duribe

15 enero 2007

Me pregunto

Me pregunto cuánto tiempo hace que nos besamos por primera vez.

Porque de cuándo entraron las ganas, sí que me acuerdo, como si fuera ayer. O quizá, como si hubiera ocurrido hace un rato. Una llamada de teléfono, y se dispara una alarma. Están despegando las naves en busca de vida en marte. El dios de la guerra se revuelca en la tierra. El planeta rojo acaba de ser descubierto. Implosionan las venas. Y la batalla aún no ha terminado. Recién acaba de comenzar. Otra vez.

Cuántos años han arañado nuestro calendario, cuánta lluvia hemos esperado juntos. Cuántas noches furtivas hemos robado a los parques, a los portales, a las barras dudosas de la ciudad. Cuántos cambios de rumbo, de casa, de coche, de pantalón. Cuántos pasos perdidos, para acabar regando tus flores, una vez más.

Me pregunto cuántas veces te dije “no”, y cuántas tú dijiste “no puedo”. Cuántas fingí no verte, y cuántas desviaste tú la mirada. Cuántas me consumieron los celos y cuántas tuviste que tragar el despecho. Y todo para estar aquí, con las alforjas ocupadas y la piel desnuda y un laberinto encriptado de deseo y miedo dificil de desenmarañar. Y un minotauro de culpa clavando sus cuernos malditos sin ninguna compasión.


Me pregunto quién nos traerá los nuevos pinceles y cómo olerán nuestros nuevos lienzos. Con quien brindaremos sin poder remediarlo. Si jugará un niño con tus ojos, o todo será en vano. Si me llamarás desde la cocina, desde lo más cotidiano, o todavía buscarás mi mano a escondidas para apenas robarle un roce. Me pregunto cómo serán las formas, cómo se desenvolverá el destino. Y cómo nos manejaremos con él.

Si estos afanes por estar separados, por permanecer ajenos, por negarnos el trajín de conquistarnos y desesperarnos y volvernos a remontar, como quien asciende las cumbres peligrosas e imantadas del anhelo, cuestan lo que valen. Y si las noches en vela merecen lo que duelen, junto con el ansia de despertarnos, un amanecer más, empapados en sudor y en ausencia, y con la absoluta certeza de estar errando de soledad.

Me pregunto si aún correrán las fechas o algún día el tiempo se detendrá definitivamente.

Y si en el momento de nuestra muerte,
cuando todo esté concluido,
este fuego que todavía nos consume,
podrá iluminar, con una aureola iridiscente e infinita,

nuestro último viaje.