Que un rayito de sol ilumine tus días
y una manta de afecto encapote tus noches
y al estirar tus pies cansados entre las sábanas
encuentres el tibio calor de la compañía añorada.
Que llueva los días de llanto
y la niebla envuelva la duda que te desvela
que el mar te acompañe en tus paseos más solitarios
y las montañas refugien tus sueños
Que en sus entrañas nombren una cueva
para las estalactitas de tus deseos
y cuando se derramen devenidas en joyas
nazca el río
del que pesques la entereza para seguir en pie
y el coraje para alcanzarlos.
Que una suave brisa acaricie tu rostro
cuando ya no puedas más.
Y si cierras los ojos, que sientas la mano de tu madre
cuando te arropaba en la cuna
y su dulce tacto en ese mundo embarrotado
era el regreso al paraíso del que te habías desprendido.
Que nunca una ola te devuelva la botella con tu grito de auxilio
para que sigan vivos tus anhelos.
Pero si es así, que venga con una llave y la dirección de la nueva puerta
que podrás abrir con ella, para que veas que no todo fue en vano.
Que los bandidos no te ronden más que para enseñarte sus canciones
y si alguien viene a herirte, que te encuentre preparado para la batalla,
como un árbol de siglos, en pie.
Y que una tormenta te avise a tiempo de lo que te acecha.
Que nunca te falte un poema recitado en voz baja
para que te arranque las lágrimas y no se encostre tu alma
ni un amigo que patalee de rabia
ante el mal que derrumbó tu casa
y te abrace después y te diga: todo va a estar bien,
y te ayude a desescombrar las ruinas
contándote de la vida hasta hacerte reir.
Y que te invite a bailar.
Que si te duele el corazón
sepas entender sus motivos, y escucharle
y actuar en consecuencia.
Y si la enfermedad busca tu cobijo
tengas las herramientas a punto para disuadirla
Que nunca te falte el aroma
con el que poder descansar y sentirte en casa
ni el deleite del plato que más te gusta
cocinado por manos amorosas
Que no se agote el discernimiento ni la inspiración
ni te abandone el ángel que vigila tu ventana
Que fluyan tus días
como las bandadas de pájaros
que baten sus alas aplaudiendo la creación
30 diciembre 2006
Feliz año
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26 diciembre 2006
La despensa
Tengo un wok con tapa y asas metálicas, una sartén asadora nueva y un horno con tantos botones que no sé si voy a saber utilizar. Hoy por hoy, lo empleo para guardar los moldes de los dulces que hace tiempo tampoco cocino.
Me compré una vajilla blanca cuadrada, de esas que lucen cualquier exquisitez, unas tazas transparentes como las de los capuchinos del Mombasa, y un lavavajillas que deleita mis siestas con su ronca canción. Nunca imaginé que un abrillantador pudiera borrar tus huellas de esta manera.
Ya he llenado los cajones de abajo del combi de comida para más de un mes. Lástima que los paquetes ahora son individuales y da la sensación de que la cosa va para largo. De vez en cuando cojo el carro de la compra, me disfrazo de tiempo y me acerco al mercado, y me llevo las gambas rojas por kilos, por si algún día tengo que celebrar algún acontecimiento interesante... volver a leer al ritmo de antes, sin ir más lejos, sería un buen ejemplo. Ya sabes, de tanto regar la esperanza, parece que no ha muerto, simplemente, descansa. Igual la hice trabajar a destajo los últimos meses y ahora está exhausta y para pocos trotes.
La batidora de vaso me espera, la verdad es que luce mucho en la cocina, aunque no sé si era necesario comprarla para adornar. A veces la oigo llamarme como en un susurro, y ya no sé si confundo su voz con los trailers de las películas de miedo que de vez en cuando se asoman por mi ordenador o efectivamente me está pidiendo un gesto por mi parte. Y le presto atención, de veras que es así, pero no tengo ni idea de cómo hacía los batidos, ni las cremas, ni los purés. Recuerdo que me gustaba mucho el yogur con frutas, pero que yo sepa, no es necesario una batidora para esto. Para ser sincera no tengo ni puñetera idea de en qué estaba pensando el día que compré la batidora. Supongo que inconscientemente quería digerir triturado lo que se me estaba atragantando en ese momento. Pero ni aún con esas.
La despensa está llena. Dispone de múltiples harinas, levaduras naturales y artificiales, leche de distintos cereales, conservas hechas por mí cuando aún tenía deseos de conservar algo, y conservas compradas en hipermercados, que te solucionan una cena en un instante. Siempre y cuando tenga ganas de cenar, claro. Dispone también de alguna que otra botella de vino, de estas de reserva que dicen que son las mejores, con aroma y con cuerpo, por si algún día, como decía antes, tengo que descongelar las gambas rojas, y celebrar algo. Y cómo no, aún con el precinto de seguridad sin quitar, vuelvo a tener mi recopilación de las mil y una especia, no sólo para contar cuentos que evoquen los faros lejanos del fin del mundo, sino para impregnar de aromas una cocina que sigue sin estrenar. Y la esencia de azahar, y la vainilla, para esas galletas moldeadas a mano que hasta yo echo de menos.
Me compré una colección de paños nuevos, y un delantal que es un primor. Instalé la cafetera, y el café, gracias a Dios y a mi determinación en hacerlo, que una no se encuentra el café hecho por más que rece, cosa que además, no acostumbro, sigue impulsando mis amaneceres y trayéndome el sabor de promesas que quién sabe si están cercanas. Algunos días lo acompaño con tostadas. Y suenan las variaciones de Goldberg y casi casi, recupero mis ganas de cocinar.
Pero mi último guiso se quemó a fuego lento
Y todavía huele la ciudad a incendio.
Imagen: la alacena, de Botero
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21 diciembre 2006
Instantes
Algunos instantes el mundo padece de desolación. Se encendieron todas las luces, todas, dudo mucho que quede alguna por prender, y suenan los villancicos, cada uno a su aire, nadie se encargó de coordinarlos, y no hay oidos que los escuchen. Las calles están desiertas, y cientos de bolsas con lazos esperan inciertas las manos que han de abrirlas. Ninguna es para mí. No avanza la niebla. Demasiados árboles talados le han encogido el alma, y llora en un rincón.
Algunos instantes me asomo a la ventana y sólo veo ruinas. Y un soldado está conquistando los desiertos y hace girar la hélice, y oigo sus gritos lejanos mientras afila sus balas y sé que este cielo que me encapota va a hacer que hoy le lluevan mis besos. Besos de arena donde no existe más camino que la dura roca escarpada, besos de ausencia que apenas rozarán su aliento, besos de angustia de saber que su soledad y la mía una noche más durmieron solas. Cabalga un trueno entre las nubes. Y le arrojo una manta con mi aroma, para que lo arrope y le cubra las penas que nadie le va a poder consolar.
Algunos instantes riego la tierra donde se esconden mis flores. Flores que germinarán en primavera, cuando los escombros hayan sido retirados y los cadáveres que aún están calientes descansen en paz por los siglos de los siglos. Cuando brille el sol y yo pueda ver su reflejo. Cuando la luna me cuente secretos y yo tenga ilusión de nuevo por revelarlos. Riego la tierra donde se esconden mis flores, como se esconde hoy mi esperanza. Y espero que todas crezcan y embellezcan mi vida, pronto, muy pronto, antes de que llegue la glaciación. 
Algunos instantes llamo a las puertas, es cierto,
pero no hay nadie al otro lado.
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9:27 a. m.
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14 diciembre 2006
Regálame
Regalame una tarde de las que tengo libres, y trae unos buenos poemas, y vamos a hacer un concurso de lectura, a ver quién hace llorar de emoción antes al otro. Que se destapone el corazón y fluya la ternura, que para ratos amargos, ya hemos pasado unos cuantos en estos días
Regálame entonces una tregua, un rato sin desasosiego, un instante de paz, que pueda recostarme en mi nuevo sofá, y descansar, y soñar con un repartidor que llama a mi puerta y me trae un ramo de calas con tu firma...
Regálame un tango de esos que tú conoces y acércate, aún un poco más, y vamos a aprovechar mi salón vacío para bailar sin reparos, horas y horas, hasta que nuestra danza sea capaz de detener el giro de la tierra
Regálame la barra de un bar, después, con las piernas entrelazadas y un 1800, y dejemos que la noche transcurra contando futuros y desnudando palabras, que no hay nada más que hacer que ver el reflejo de las estrellas que caen en los cristales
Regálame el tiempo y regálame la claridad, que por un instante, sólo por un instante, vea que no son todo tinieblas lo que me envuelve...
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06 diciembre 2006
El final del túnel
Y al final del túnel,
la luz...
Sé que sólo he de seguirla.
Como otras veces, simplemente he de caminar. Echar un pie, y luego otro. Y habré dado un paso. Y después otro, y tranquilamente, el siguiente. Y ya irán dos. Y después tres. Y después de un tiempo, miraré atrás y veré el trecho recorrido, con los pasos incontados y sus huellas apenas perceptibles, y me preguntaré... ¿Cómo hice para estar aquí? Porque la rueda seguirá girando, y posiblemente no recuerde que un día, decidí echar un pie y continuar. Y es por eso por lo que escribo, para que no olvidar que mi presente se configuró con las decisiones del ayer, que nada es fortuito, que paso a paso, voy creando ese porvenir que me visita ineludiblemente. Con su caja de bombones, incluidos los amargos.
Aunque hoy, ya ha anochecido, y he mudado mi vida, mi casa, y mi piel
Y estoy reajustando mis pertenencias como hace poco reajustaban mis huesos...
mis párpados se cierran anhelando los días y las noches que han de emborracharme con promesas nuevas, si bien sé que es el agotamiento absoluto de mis fuerzas el que los hace caer.
Así que creo que tengo bien merecido
reclinarme un rato
y descansar.
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11:11 p. m.
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02 diciembre 2006
Ahora
Ahora que el tiempo ha terminado, que la nueva casa toma color y forma, que las calles de la ciudad me confunden y en los taxis dudo adónde ir
Ahora que cambio de llaves, y de cerradura, de puerta y de portal
Ahora que cunden los días y se amontonan los libros y los dolores, y las noches se deforman y no hay estrella-ni luna-ni nube-ni sol, ni tarjeta de crédito que pueda consolar la congoja y la incertidumbre
Ahora que he de embalar mi corazón y trasladarlo de cama y de almohada
dudo mucho que nadie sepa cuánto me cuesta abrir una maleta, y empezar la mudanza
Imagen: Maletas - J. Enrique Gonzalez
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27 noviembre 2006
Si espero un rato...

Si espero un rato se me pasa
Tan sólo he de permanecer quieta, con la respiración suave, calmada. Buscar en alguna parte de mi cuerpo el latido del corazón, y escuchar su canto. Saber que sigue funcionando independientemente de la congoja, del abandono, del miedo, del dolor. Que es más poderoso que mi deseo de pararlo, que mis ansias de descansar. Que lidia con agujas en las arterias, pero las disuelve con milagros, con su martilleante ritmo de vida y futuro. Quedarme tranquila, que él hace todo por mí en estos días. Mi maltrecho corazón, mi malherido corazón, lo quisieron desgajar y no pudieron, y aún tiene más garra que yo, y mantiene altivo su latido.
Sólo consiste en esperar un rato, un rato más.
Prepararme un café y deleitarme en su sabor. Sentarme en el sofá, y esperar que mis gatas se suban encima, con ese salto tan gracioso que dan, y busquen mi mano, descaradamente, para que las acaricie. Y maullen si les hablo, contestándome en ese idioma gatuno que no soy capaz de entender. Sentirme de caricias necesarias y de calor buscado en estos días en que desperdicio ausencias. Tomar una onza de chocolate, y comprobar que no todo lo amargo es desconsolador. Y justificar el nudo del estómago con lo bien que sabe.
He de permanecer atenta, y asomarme a la ventana justo cuando el sol se está poniendo, para ver que una tarde más, el cielo sigue su ciclo y no se ha derrumbado. Y comprobar que, independientemente de las sombras que rodean mi perspectiva, la belleza se sigue exponiendo con su descaro habitual, vamos, que el atardecer ni lo pinto yo, ni depende de mi vaivén, por suerte.
Y proyectar cómo han de ser mis nuevos días, con sus nuevas noches. Y si la luna que he de ver será la misma que he visto hasta ahora. O por fín me enseñará su cara oculta. Y me contará quien la conquistó de veras por primera vez.
Si, tan sólo depende de dejar que pase
Que pase este silencio, que caiga este muro, que se manifieste el mapa que he de aprender de este nuevo continente que he de conquistar ahora que la batalla se acerca. Ahora que la cruzada vuelve a ser en solitario, ahora que he de enfrentarme, sin espada ni escudo, a lo que contiene la caja que se destapó. Y que no tiene cierre posible. Que aparezcan las señales, y que sean claras, porque de veras, en este instante en que se duermen los sueños, me siento perdida.
Aunque si espero un rato,
se me pasa
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6:35 p. m.
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22 noviembre 2006
Sueños rotos
Los sueños no terminan.
Alguno, quizá, simplemente, se ha muerto de amor. O de desesperanza. O de deseo. O de olvido. O ha caído triturado ante las apisonadoras que prometían allanar los pasos.
Y otros cogen las riendas de los caballos salvajes y están galopando entre galaxias nuevas, y sé que tengo que apurarme si quiero alcanzarlos. Hace tiempo que corté la cabeza a la medusa, y vi nacer a Pegaso de su sangre. Iridiscente y poderoso, relincha y me llama, y siento su aliento en mi cuello, susurrándome que ha venido a buscarme para llevarme al cielo que me pertenece.
Pero estoy lidiando con una mala sombra. Una que llevaba tiempo de guardia en mi puerta, que ya no es mía, y me arrebató las botas de montar. Y me dispara bolas de fuego, a mí, que nunca usé escudo, que nunca creí que fuera a hacer falta. Rompió los espejos para que no la viera, a ella, la mala sombra, y de frente siempre mostró una sonrisa. Anoche derrumbó la casa, y he tenido que dormir entre escombros. Las últimas rosas del otoño murieron entre mis manos. Ahora sólo quedan sus espinas. Clavadas en mi piel. Mi corazón está bombeando cristales rotos, y mis dos gatas se arrebujan inquietas en mi mochila y me piden que les de un nuevo hogar.
Rescaté de las inmediaciones, mientras se abrían los abismos ante mis pasos, el atrapasueños que el ángel custodio de ojos mágicos dejó en Villafeliche cuando vió el peligro. Aún conservaba mis sueños intactos entre su red hechizada, la única herencia con la que he de partir, con la que he de recomenzar. Y prometí al ángel, en un gesto de gratitud infinita, contarle mis sueños, esos que tuvo que conjurar para mí.
Y muy pronto he de cumplir mi promesa, cuando los días brillen de nuevo, y en mi balcón luzcan los renacidos rosales. Cuando haya calor en mis ateridas manos, y empuñe otra vez la pluma de la fe. Y pueda cantar canciones, y bailar sin ton ni son. Y cocinar como solía hacerlo. Y reir sin parar. Cuando tenga algo más que la lluvia pasada para regar mi esperanza. Y la niebla que adoro me visite este invierno, allá, dondequiera que vaya a vivir.
Asoma el coraje. Voy recuperando las fuerzas.
“Días futuros que habéis de llegar, esperad un instante que me recomponga el pelo, y sacuda las ruinas. Sé que se acabó el tiempo. Que he partir.”
Y Pegaso espera
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17 noviembre 2006
Llueve
Los días de lluvia a veces traen recuerdos.
Recuerdos de campanas, cuando aún veía el Pilar, y era niña, y todo era nuevo, y contemplábamos la tormenta en la noche, sentados alrededor del balcón, proyectando nuevos futuros a golpe de truenos. Y el resplandor de los rayos, cuando iluminan la bóveda ausente, y se asoma ese enorme vacío que nos rodea, ese cielo prometido al que, de ser así, no estoy segura de querer ir.
Los días de lluvia me traen mis cuadros, y se monta una exposición. Y añoro hasta que duele cuando pintaba aprovechando la luz difuminada. Y cuando el olor de la tierra mojada, y del rosal del patio, allá por Soria, se mezclaba con el óleo y el disolvente, y yo creía morir de placer. Y escuchaba a Fito Páez, y cantaba con él, y aún no sabía que habría de quererte tanto, y daba una pincelada más. Después de la lluvia, un paseo, y creo que hubo días que me atreví a volar. Al menos, eso contaban.
Me trae tu voz al teléfono, cuando me llamabas desde la esquina porque te habías olvidado el paraguas. Y con la excusa de no mojarte, rondabas mi casa, y mi salón, mis faldas y mi pelo, indiferente, como si la lluvia no la hubieras provocado tú, mago del tiempo, para rozarme la piel una vez más. Me trae el recuerdo de un niño que juega con mis canicas, y con mis gatos, y que me abraza sin saber quien soy. Que me presta su sonrisa, y su futuro, y me devuelve un adolescente diez años después.
Los días de lluvias me traen las tardes de colas para ver el ciclo de cine francés. Y todo era fácil, aunque no lo era, porque éramos tan jóvenes, y nos creíamos invencibles por haber sobrevivido al dolor. Como si ya no fuera a volver. Nunca más. Y nos sentábamos muy juntos, y nos reíamos como si nos fueran a pagar. Y comíamos Toblerones, (¿recuerdas?) , y se nos derretía en la boca, y yo me manchaba la blusa, siempre tan torpe y no tú no podías dejar de reir. Y los paseos en coche, después, con el limpiaparabrisas entonando los secretos que no pudimos guardar. Dulce lluvia que nos recogía en dos asientos, del que sobraba uno, mientras hacíamos kilómetros y kilómetros huyendo de la ciudad. Me trae el silencio también, y tu respiración. El hambre que nos entraba, y lo tarde que se nos hacía, y la lluvia seguía cayendo, testigo intermitente de un reloj que no dejaba de avanzar.
Los días de lluvia, después de todo, a veces, me traen poemas, y un puchero de mi madre para cenar. Una luz en una vela, y un anhelo por cumplir. Tus pies descalzos en la arena, y los miles de pasos que nos quedan por dar. Me traen el futuro, el que ha de venir cuando el cielo se abra y escampe, y milagrosamente brille el sol. Y me siento a esperarle, y voy tejiendo mientras, entre mis manos, para que arrope mi pecho, una nueva ilusión.
Hoy llueve, pero no llegan los recuerdos. Los espero y los invoco, y un mal presentimiento me dice que no han de venir. Se acabó el consuelo entonces. Hay un vencejo que desde ayer golpea mi ventana, y un rayito de sol que no se puede asomar.
¿Se habrán terminado los sueños?
Quiero creer que no.
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13 noviembre 2006
Ayer
Ayer compré cuarto y medio de coraje. Por la tarde no me quedaba ni una pizca. Si supiera mentir bien tendría que decir que me lo robaron los pájaros. Pero lo cierto es que me lo bebí de un trago. Y me quedé tal cual. En fin... volví a comprar, y dejé al distribuidor sin suministros. Tuve que desprenderme de mi coraza para saldar la deuda.
Tengo la despensa llena.
Ayer quemé los rastrojos. Ahora huele a incendio. Ayer agoté las excusas para seguir en pie. Pero esperé dos segundos más y me visitó un milagro.
He cruzado un par de semáforos en rojo, y he sido golpeada por camiones locos. No me he detenido ante las señales, y he sido perseguida por sirenas. Voy sin faros, y los frenos chirrían. De la chapa, ni hablamos. Pero la rueda sigue girando. Y todavía no me han declarado siniestro total. Dudo que me multen por conducir deprisa. Me encanta disfrutar el paisaje.
Creo que aún no ha nacido el caimán que ha de comerse mis pasos.
Espero tener el tiempo suficiente para que se me cuajen los sueños que estoy batiendo en esta segunda tanda. Porque los de la primera, se me cortaron sin previo aviso. Supongo que la ilusión no era de buena calidad. O quizá falló el tempo. O el orden. O el desorden. O las noches sin dormir.
Espero no ser detenida en los aeropuertos tras descubrir que compro de contrabando, y además para traficar, la entereza por kilos. Todavía hay pasos vírgenes en mis pies anhelando bosques de laurisilvas. Y los faros del fin del mundo esperan ver el balanceo de mis remos.
Y quién sabe si alguien firmará de aburrimiento, o de fe, el indulto que me salve.
Gracias a las dudas conocí la certeza, y gracias a la certeza, aprendí a dudar.
Y la hoguera ya quema mis pies.
No siempre hablo de mí. Y no cuento todo lo que sé.
Conservo entre mis secretos favoritos un viaje en coche a la ciudad del olvido, donde las murallas me escondieron. Y no callo todo lo que debiera, pero sé que en la mayoría de las ocasiones, no debería callarme.
No sé si cruzaré todos los puentes, pero dudo mucho que alguien sepa a ciencia cierta todos los que ya he cruzado. O los que sueño cruzar.
Lo que sí sé es que te arroparé si tienes frío.
Y que estoy volviendo a cantar.
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07 noviembre 2006
Hay días
Hay días en que me levanto a oscuras y espero el amanecer. Abro las ventanas, por si la luz quiere anticiparse, y busco su reflejo de reojo, para ser su primera expectadora. Otros días, en cambio, alargo y alargo la noche, y sus sombras se prolongan hasta tocarme la piel y los huesos, y, como una dama esquiva, me retiro antes de la claridad, para que no se pierda el embrujo.
Malduermo entonces, inquieta, y todavía sueño que recupero mi infancia. Y me pongo mis pequeños zapatos negros de charol, y mi vestido rojo de lunares, suelto las dos coletas que nunca quise llevar y me acerco corriendo al parque Bruil, a liberar a la osa que se volvió loca en una jaula. La llevo en mi cuna al Bierzo, y le juro al oído que su osezno nacerá libre, y que los dos jamás van a cruzarse con nadie que vuelva a apresarles. Y le regalo, antes de despedirme una cajita con las lágrimas que lloré al verla, para que recuerde que no todos los que la visitaban disfrutaban con su dolor. Y entonces mi infancia me besa, y la niña que nunca fui, por fin se pone a jugar.
Me despierto feliz, y, sorprendentemente estos días (sí, sorprendentemente), me maravillo de la especie que me contiene, sobre todo cuando desfilan ante mis ojos los milagros cotidianos como los carteles de los bancos, que se reconvierten en la palabra de dios dicha y hecha obra exclusivamente para mí, o las palomas que presagian la presencia del que ha de venir, o los escenarios vitales que representan teatralmente, mientra voy al trabajo, la incertidumbre que me está consumiendo y que me resta la quietud. Entonces, esos pequeños gestos hinchados de un afecto reconocido y descarado me hacen reir y dar las gracias por seguir viva. Modifico ligera mi agenda, me doy un baño bien caliente con el perfume carísimo de los domingos, y me preparo una buena taza de café, me subo a mis tacones como quien asciende a un podium, y me dispongo a saludar al mundo con mi mejor canción.
Pero aún quedan días en que hacer un recado se convierte en una tortura. La sola idea de tener que entablar conversación con un desconocido en tierra ajena y reconocer una carencia, o una necesidad, o simplemente, un deseo, me hace sentir infinitamente vulnerable y perdida. Otros, sin embargo, le contaría mis secretos más íntimos y despiadados a cualquiera, y aprovecharía su primer descuido para robarle su plan de detenerme. Inalcanzable y poderosa. Como sólo yo puedo ser.
Y debería, esos días, por ley, salir en la página de sucesos, pillada in fraganti espiando vidas ajenas, con un arma en la mano, voyeur insaciable de la intimidad prohibida. Otros, en cambio, debería aparecer con las esquelas, fallecida de desesperanza, de hastío, de vergüenza por tanto sufrimiento de pertenecer al género humano. La mayoría de las veces, sin embargo, apenas me llega para salir en la tira de humor.
Hay días en que definitivamente, debería escucharte. Y seguir tus pasos. Comportarme educadamente, hacer lo que se espera de mí, lo estrictamente correcto. Debería encajar en las esquinas, y limar lo que me roza. Cumplir con el decreto, con el mandato apoyado en mis hombros desde que se escribieron por primera vez los genes, que me obliga a seguir la tradición.
Pero no puedo. Un grito desgarra mi pecho, un ansia de mí misma, de ahondar más y más, de no estancarme antes del final, cuando perezcan los días, un incauto imán de abismos desconocidos y de noches escondidas, hace que zozobre y modifique el rumbo. Y el océano me traga, o quizá tan sólo, me está reteniendo contra él. A pesar de él. Encima de él. Compañera de él. Infinita como él. Insondable como él.
Hay días en los que no quiero verte más, va en serio, y otros en los que sé, con una certeza innegociable, que no podré vivir sin ti.
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03 noviembre 2006
Reajuste
Me está doliendo el reajuste.
Este crujir antiguo de huesos, este peso que me pesa. 
Me está doliendo el dolor del mundo, aquí, apoyado sobre mi hombro. Este cargar infinito con la esperanza perdida. Me duele entonces, la desesperanza, y tu ausencia repetida.
Me duele el silencio. Las noches sin fin esperando tu voz. Me duelen las lágrimas que no he llorado, y las que anticipo por los huérfanos ante el televisor.
Me duele el movimiento, no sé si podré evitarlo, y escribir, en estos días, parece un exorcismo.
Me están doliendo las malas posturas, el trabajo torpe y cansino del pasado perdido sin fe. Me están doliendo los insomnios de niña, los días de angustia que malviví a tu lado. Me duelen los portazos, los noiré, y los nosirvesparanada como si fueran dagas punzantes que, pese a los años sin oirlos tras la huida y el renacimiento, aún se clavan en mi hombro. Me duele el esfuerzo, sostenido e inútil, por arrancar una sonrisa más de quien no la tenía. Y su aprobación.
Duele el enfado, y el desaire de los ángeles. Duele el rechazo infinito de la salvación. Duele el temor de dios grabado a fuego en los genes, la falsa moral, la hipocresía de nuestros tiempos. Y la del pasado. Duele la muerte de los emperadores que se quedan sin marcha por el deshielo y la berrea de los ciervos que tendrán que cantar a sus ciervas en los campos de golf.
Me duele el futuro, y mi fuerza. Las promesas que no podré ver cumplir. Me duele esta entereza que me sostiene, este saber estar, esta solitaria dignidad aprendida a puro golpe con la vida, y en días como hoy, sólo quiero un hueco donde acurrucarme, si puede ser, con una mano acariciando mi pelo. Y que alguien cocine para mí.
Duele el dolor, pero dicen que es bueno. Que libera. Que estoy aprendiendo a ir derecha. Que mi cuerpo se tiene que acostumbrar a la rectitud, al equilibrio y a no caer ni en vicios ni en malas posturas. Que en un tiempo, todo habrá pasado, y estaré mucho mejor...y que mis huesos recuperarán su posición correcta y dejarán de crujir. Pero las banderas que sostuve inclinaron mi peso, y a veces, aún echo de menos la batalla. Y la pasión. Me siguen doliendo tus palabras a ratos, es cierto, pero puedo jurarte que me duelen mucho más tus silencios.
Y la lluvia de este otoño tardío está cayendo sobre mí, lluvia fresca que empapa mi tierra, donde aún tienen que agarrar las semillas a escondidas. Lluvia que trae el sabor de las nubes, y el gélido aire etéreo del cielo. Y cae sobre mi cara, y emborrona mis ojos, y de puro anhelo de ver más allá, está resbalando también mis pasos.
Pasos cansados que quieren pinzarse y que debo corregir para poder darlos. Reajuste de cuerpo y de alma, cómo duele tu proceso. Me estás atravesando sin piedad, sin ninguna misericordia, devolviéndome el dolor de las espadas que me mataron y los siglos que tuve que vivir sin ti. Cómo pesa esta armadura, y la incertidumbre de no saber si podré continuar al descubierto.
Y cómo duele la hoguera donde ya me he consumido, y la mirada de los que me juzgan sin saber mi nombre.
Pero el ave fénix renacerá. De eso no tengo la menor duda. Y volveré a volar.
Espero que recta.
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31 octubre 2006
Vieja amiga
He visto florecer al Miño y al roble que guarda el camino de tu casa darme los buenos días. He visto la niebla rondar tu huerta acariciando los tomates, y tus perros y gatos me han besado hasta los huesos. He visto el puente nuevo, y las fuentes de agua ardiendo manar para ti. 
Y me pregunto cómo hemos hecho para tardar tanto con este reencuentro.
Vamos a recordar, para empezar, así, sin prisa, con unos buenos bombones endulzando la velada, esta vida, los años que compartimos y los años que vivimos separadas, cada una a su aire, llevando una a la otra por calles nuevas, por ciudades distintas, por circunstancias impensables, a experiencias que nos enriquecieron y a experiencias que no debimos vivir, para así comprobar que nunca nos dividimos del todo, que la una prolongó a la otra, y ahora nos juntamos para reajustar el engranaje que llamamos continuar.
Y brindemos por los que se quedaron por el camino, los que mudaron su horizonte, los que subieron tanto que dejaron de vernos, y los que se quedaron tan atrás que ya ni nos recuerdan. Y por los que nos comparten, y que su deseo distanciado de hoy nos haga estremecer otra vez, para que no decaiga la fiesta.
Vamos a reirnos hasta que las chispas que se nos escapan enciendan una hoguera de San Juan, para pedir tres nuevos deseos, y gastemos uno en anhelar que la risa no termine nunca. Y vamos a levantarnos del suelo, que ya no somos quinceañeras que puedan tirarse a patalear a pura carcajada sin llamar la atención. Aunque en realidad, como estamos solas, tampoco está de más poder disfrutar así, como dos niñas juntas que no terminan de crecer del todo. Esperemos ese hervor que decimos que nos falta, cogidas de la mano, que así la espera es tan deliciosa como estos bombones que comemos siendo cómplices.
Vamos a hablar, y a hablar, hasta que yo cierre los ojos y el sueño quiera, celoso, separarme de ti, que han pasado muchos años pero no he conseguido superar tu capacidad de no dormirte ni por asomo. Aún recuerdo los sábados por la noche, cuando el mundo se emborrachaba sin nosotras y los coches conducían locos por la ciudad, mientras tú pintabas y pintabas, y yo no podía hacer sino contemplarte. Y no te preocupes, tengo mis trucos, y aún con los ojos cerrados, aún con el sueño en los párpados proyectando imágenes lejanas, te estoy escuchando, porque me gusta lo que dices, y cómo lo dices, y me gusta que una y otra vez te rias y me hagas reir.
Vamos a volver a hablar un instante más, vieja amiga, a estas horas de la noche en que el silencio es el rey, a desenmarañar el pasado, en un ingenuo intento de averiguar por fin desde cuándo estamos juntas, cuántos siglos hemos visto desfilar ante nuestros pasos, en qué antigua tierra comenzamos a preparar los pucheros que tan bien se nos dan, y en qué batalla la una salvó a la otra, a ver si así se puede explicar el por qué nos queremos tanto.
Y en la estación, cuando llega la despedida, vamos a abrazarnos, y con lágrimas moribundas, vamos a proyectar el próximo encuentro, y un genuino deseo de ser capaces de no dejar pasar tantos y tantos años.
Aunque en realidad no importe. Nos tomamos de la mano. De esa mano ausente y compañera, que tanto bien nos ha hecho volver a sentir. Y seguimos adelante, vieja amiga.
Como tú y yo sabemos.
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27 octubre 2006
Resaca de besos
Doy una vuelta más y se enredan mis piernas entre las sábanas. En la ventana, en las flores y en los pájaros, la claridad se despierta.
Y yo, sin querer amanecer me expando, para sentir otra vez lo que sienten las hojas perdidas cuando reciben el rocío. Lluvia de besos de anoche, todavía quedan algunos colgando de la lámpara. Y los secretos que se susurran al oído están celebrando su parto prematuro.
¿De dónde vinieron las nubes? ¿De qué charco, de qué océano se evaporó su esencia para condensarse tan altas?¿Qué viento silbante las convenció para cuajar y encapotar mi cielo?
Pero es el cielo el que ha caído sobre mí, y su bóveda ahora rezuma ternura sobre mi almohada. Y los besos de anoche aún me están besando. Y me sostienen la espalda para que pueda levantarme y flotar sobre la alfombra. Para que los dedos de mis pies también sean besados. Para que no se pierdan el milagro, ni la gracia, de la posesión en volandas de la sangre galopando a borbotones por la excitación. Para que la ligereza se mantenga, y pueda dar saltos evaporados hacia la mañana.
Han llovido besos sobre mi pelo, y ahora se alborota enajenado al quererlos encontrar de nuevo entre sus raíces. Y un eco aliado está resonando todavía en mi cabeza su roce, el roce de los besos, contra la piel. Leve contacto humedecido que presagia el olor de la tierra calada. (Y las flores germinarán). Han llovido besos en mis mejillas, en mis orejas, en mi cuello y podría asegurar que su influjo está mutando el color de mis ojos. Y mi forma de respirar.
Han llovido tantos besos que de sus diminutas llamas nacieron fuegos artificiales. Dicen que se vieron a más de 100 kilómetros a la redonda y que hubo quien creyó que era año nuevo. Yo estaba ajena a todo este tipo de informaciones, y los recibí como si la lluvia fuera eterna y se fuera a instalar en mí, ansiosa y expectante, como si el cambio climático, en lugar de acercarnos a una sequía inminente fuera a regalarnos miles de gotas fértiles de dulce agua, cayendo en una constancia chispeante que alegra el alma.
Pero la lluvia, como la noche, se escabulle entre los dedos y nos deja la claridad.
Y una ansia de labios hinchados, llenos de una esperanza que no se puede olvidar. Estómago revuelto que aún digiere el anhelo, y el temblor en las manos, y en las otras entrañas que confiesa la absoluta necesidad de repetir y que una vez más, no voy a ser capaz de dosificar la medida justa que no crea dependencia.
Me asomo al cielo. Amenaza la lluvia
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24 octubre 2006
Flores de tela
¿Dónde se pierden los pasos rotundos de los ausentes?
Y las arrugas del pantalón, ¿quien las planchará ahora cada tarde?
Si me quedo quieta, esperando en la noche, parecen oirse las toses del amanecer... Dime, ¿despiertan a alguien todavía? (Y aún te hablo como si pudieras oirme)
¿Dónde se esconde el tabaco, y otros secretos, ahora que nadie los buscará para las amonestaciones? ¿Dónde quedaron las cenizas de los sueños rotos?
¿Dónde?
He paseado por los rincones de este nuevo barrio de las afueras, al que se mudan los que ya no tienen tiempo, ni abono de transporte urbano, barrio definitivo, lleno de flores falsas. He recorrido sus calles, sus pilas de vacíos tapados por frías losas. He visto sus fotos de bienvenida, dulces sonrisas perennes que ya no sonríen a nadie de este lado. He visto caer las lágrimas de los visitantes en el cemento estéril, que sólo es acariciado por las huellas de los coches fúnebres. He visto las nubes, y como si fuera un presagio, no he visto el sol...
Qué quietud tan vacía entre estas calles. Nada que sobrecoja, nada que impresione. Tan sólo calles y calles, decoradas como si estuvieran de paso y no fueran parasiempre, y hablo bajito, no sea que alguien permanezca atento, todavía, sin darse cuenta de que existen cielos nuevos en expectativa. O algún que otro infierno.
¿Dónde callarán las conversaciones que nunca tuvimos?
¿Y las tardes que no pasamos juntos, qué colores esconderán en sus bolsillos?
¿A quien cantarán ahora las cintas de casette desde que nadie las busca?
Y levanto la vista. Pero no sobrevuela ningún pájaro. Parece que adivinaran esta ausencia que empeñamos en rellenar con santos inertes y exclamaciones huecas. Que ellos, santos y pájaros, desde las alturas, pudieran ver dónde se esconden las esperas inútiles de los que aún nos asomamos brevemente a las losas, como si pudiéramos atravesar el abismo y regresar como si nada. Limpiando nichos.
Como si fuera a haber otra oportunidad. Como si se fueran a oir unos nudillos en el otro lado, llamando para reclamar los domingos solitarios, sin pasteles, consumidos bajo una manta que nunca llegó a abrigar lo suficiente.
Como si de repente, el tiempo pasado pudiera retornar, y traernos, de contrabando, la paciencia que nunca tuvimos, y el afecto, y las ganas. Y el perdón. Como si de repente, pudiera compensar la herida lacerante que nunca llegó a cicatrizar. Y los porqués que nunca se respondieron, pudieran ser explicados.
Pero la tumba ya está brillante, y no he oído ninguna llamada.
Así que dejo mis flores de tela, que nunca darán aroma, y mi tristeza infinita, para que se disuelva entre tanto vacío.
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20 octubre 2006
Un hueco
Habrá que hacer un hueco para las nuevas canciones. Reorganizar el disco duro, y la estantería. Afinar el oído, buscar un buen cojín donde recostar el cuerpo y dejar que nuevas melodías inunden la casa.
Habrá que buscar sitio también para los nuevos libros. Para las nuevas historias. Para las anécdotas increíbles que ocurrieron alguna vez y que andaban por ahí, sueltas, flotando en el aire, esperando que nuestros ojos se posaran en la página impresa para materializar la realidad de la que un día fueron testigos y que no se pierda. Para todo el conocimiento que cambie nuestra estructura cortical y nos ayude a manejarnos mejor, dentro de lo que cabe, si es que cabe.
Habrá que estar receptivo para las nuevas ideas. Afinar los argumentos, por si nos toca colocarnos en frente y defender una postura, aunque no estemos ni siquiera convencidos de querer estar en esa posición. Definir un poco más esas imprecisiones que nunca nos importaron mucho y que a veces son el puente para acercarnos a los que llaman a la puerta buscando una flor, y a veces, por esa misma ambigüedad, nos alejan del todo, dejándonos incapacitados para disfrutar un nuevo aroma. Ponernos al día con la literatura, con la filosofía, con el arte, aunque en realidad lo único que nos importe sea ese brillo chispeante de los recién estrenados ojos que, de repente, han aparecido en la alacena y nos están observando.
Habrá que arreglarse el pelo, darse color en las mejillas, tapar las ojeras, estrenar zapatos y vestirnos de gala, que los que se acerquen sientan que estamos preparados, que de alguna manera estábamos esperando la visita. Y dar un aire cotidiano de bienvenida, sin mucha efusividad, porque vienen para quedarse, y la efusividad inicial a veces incomoda y asusta.
Y habrá que sacar el mejor mantel, poner nuestra mejor mesa y preparar comida para celebrar un festín. Y dejar que el chocolate, que siempre alegra las veladas, se derrita hasta ser irresistible. Y preparar los mejores cafés para mantener los párpados en guardia mientras las risas y la ternura estén fluyendo.
Habrá que estar preparado. En todos los sentidos. Limpiarnos del pasado, de los viejos conceptos, de las viejas heridas y aceptar el aviso de las cicatrices que molestan cuando va a cambiar el tiempo. Olvidar que hubo quien llegó a casa y como Atila, dejó todo destrozado a su paso. Olvidar los engaños, las batallas, la traición.Olvidar si se puede, al ladrón de sueños, que nos trajo la crueldad ajena del telediario al salón de casa y rasgó nuestro corazón con uñas de acero afiladas. Y nunca nos devolvió la esperanza arrebatada.
Si, habrá que darse un baño de olvido, para no arrastrar en la piel la costra del dolor que nos quiso envejecer.
Y que lo nuevo, lo que puede salvarnos, lo que puede vendernos el futuro a cambio de nuestra confianza, pueda instalarse definitivamente.
Y regalarnos una canción.
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17 octubre 2006
Las manos de mi madre

Las manos de mi madre tejen una canción y por la noche se convierte en nana. Dulce nana para el niño que está por nacer, el que aún es futuro, el que aún revolotea, esperando ser gestado, por las nubes de la ciudad, amasando con sus manitas soñadas el pan que ha de traer.
Las manos de mi madre se arrugaron de tanto trabajar, de tanto peso cargado, de tanto limpiar lentejas. De abanicar sueños que se rompieron como un frágil cristal, de hacer una cama ausente cada amanecer. De coser esperanzas con retales zurcidos de un ayer que no llegó. Y de servir vinos para la amargura ajena.
Las manos de mi madre se rompieron por varios sitios, y tuvieron que escayolarle el alma para que se quedara quieta y le pudieran soldar los huesos. El alma nunca le terminó de soldar, y ahora, cuando camina, se escucha cantar una aldaba ronca y áspera que la acompaña y la protege y por eso parece que la preceden los ángeles.
Y se hace el silencio a su paso.
Las manos de mi madre alimentan a las palomas, todos los días del año. Y las palomas la siguen por la calle. Asi que cuando veáis una mujer caminando, con una nube de palomas revoloteando a su alrededor, y comiendo de su mano, no lo dudéis es ella. Decidle que me conocéis, vais a ver qué sonrisa. Como un primor.
Y cuando llega a casa prepara comida para todo el barrio, por si alguien se quiere pasar a comer. Y manda frascos de pimientos asados, y de boquerones en vinagre, y de mermelada de melocotón. Y si la visitas te da manzanas, y peras, y calabacines, y un cogollo de Tudela, que son los mejores. Y le canta una canción a la gata, y entonces se anima el canario, si, el que rescató de la calle, y las campanas de su alma suenan y los ángeles se animan y el barrio de las delicias se convierte en un concierto de Carmina Burana en directo.
Las manos de mi madre, aún hoy, después de tanto, siguen en la batalla. Y se agarran fuerte al bolso que le quieren robar, y prefiere caer al suelo que ceder, y cuando ya la han arrastrado dos metros, entonces reconoce su debilidad, y sea por siempre maldito el malnacido que arrastra viejitas por 50 euros. Caiga sobre él la cólera de los dioses, y un gigante que lo arrastre por el suelo para quitarle su más amada posesión: la fe de estar a salvo.
Pero las manos de mi madre no se rinden, y siguen tejiendo una canción. Para que los sueños no mueran de desesperanza, ni de silencio. Y en sus frascos de conserva, entre sus caricias de muñecas rotas, se esconde un duende. Y una ilusión. Y una trama de soledad vencida y viejos dolores que cronificaron al crecer. Y que ahondan las huellas, y ese camino que no puede evitar recorrer.
Las manos de mi madre me anticipan.
Y estoy aprendiendo a tejer canciones.
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13 octubre 2006
Tengo un plan
No sé si es bueno, y no creo que quiera saberlo. De momento.
Me lo propusieron en mi último viaje, ese que hice a los fondos abisales, entre otros sitios. Llegué a conocer a los seres por descubrir, y unos se sorprendieron por mi visita, otros comenzaron a acicalarse, y un tercer grupo, en lugar de esconderse, comenzó a piropearme. Extraña manera de comportarse ante una desconocida, pensé, para ser seres sin nombre, seres que aún están por descubrir. Pero lo dejé pasar, porque me sentía en casa.
Como iba diciendo, parece que tengo un plan.
Y no es que sea bueno, es que es una locura. Y eso hace que sea posible.
Y las anémonas están creciendo, y los caballitos de mar trotan contentos. He encontrado una tiza en mi mesita de noche, y, como en el laberinto del fauno, estoy aprendiendo a abrir puertas. Detrás de algunas encuentro monstruos, sombras, sombras y monstruos que me hacen gritar y correr, correr y gritar, y tengo que salir de la pesadilla tan rápida y entera como puedo. Después me tomo unos días de descanso. Para coger fuerzas. Y recuperarme, y volver a la carga, al dibujo trastornado y frenético de la tiza embrujada en la pared.
Y entonces, una luz tenue de plata y miel la anticipa, encuentro la gruta, la profunda gruta abisal, llena de futuros y silencios. Y las risas de los bebés que aún están por nacer se oyen lejos, como si no estuvieran, pero están y de qué manera, ansiosos de descubrir el camino al útero que ha de cobijarles.
Pues eso, que tengo un plan. Y un sueño.
Me ronda como los rayos, a trompicones, y de pronto todo se ilumina y parece que toda esa belleza mágica sea para siempre. Y los truenos, como los pasos de los cíclopes que sobrevivieron a la última hecatombe, anticipan el resplandor.
Tendré que acabar conmigo, pero ese es un mal menor. Y parecerá un poco que he muerto, como con el Principito, como que me he ido, pero no será verdad y habrá estrellas que tintineen mi nombre y bosques que recuerden mis pasos.
Espero que me entiendan, que se sepan poner en mi lugar, el fondo abisal es demasiado bello para seguir en la tierra, y me han propuesto ser la guardiana de una estrellita de mar. Creen que con el tiempo puedo convertirme en sirena, que tengo cualidades, pero a mi me da miedo que me pesquen y me confundan con otra. Más aún, yo creo que no doy la talla, y me encanta eso de cuidar a una estrellita de mar, yo que creía que sabían cuidarse solas y resulta que no, que necesitan un vigilante marino para trasnochar entre las rocas, y bueno, lo cierto es que han insistido tanto que al final, he firmado el contrato esta tarde, antes de que se arrepientan.
Así que, además de tener un plan, tengo un contrato de guardiana. Y ya veremos si no llego a sirena. Quien me lo iba a decir, a estas alturas y semejante plan...
En fin, que todos los sepan, y lo celebren. En la ciudad ya han declarado las fiestas.
Tengo un plan.
Y ya me están saliendo escamas.
Y cómo mola
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9:11 p. m.
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10 octubre 2006
Un tren
He cerrado con llave la casita azul.
Y la luz dulce del atardecer estaba tiñendo tanto de oro las paredes que no me queda más remedio que imaginar que van a convertirse en mi ausencia en el manto dorado que un día recubrieron las pirámides de Egipto.
He cerrado la puerta. Y sé que he de regresar y empaparme de ese oro de la tarde muchas otras tardes más. He de volver a amasar el pan y al deleite de las noches de amor y helado de vainilla.
Pero hoy estoy aquí, en la estación
Y quiero coger un tren, rumbo a un destino que no conozco.
Aun estoy aturdida viendo los trenes ir y venir. Unos aparecen de pronto, lejanos como un punto perdido en el horizonte, naciendo de tan lejos que los mapas que conozco se terminarían y no encontraría su procedencia. Y otros se alejan tanto que me asusta no llevar suficiente batería en mi equipaje de mano.
Y sigo viendo los trenes pasar. Sin saber todavía cuál me está esperando. Yo también estoy esperando la señal, y tengo mi mejor vestido puesto, y las flores que lo adornan están tan exultantes que la primavera debería despertar.
Y una vieja música, la de Bach, suena, aunque todo esté en silencio. Siempre, siempre suena Bach, lo decía un amigo mío, aunque no se le oiga. Y las voces de los niños que saltan de júbilo se mezclan con mi excitación antigua, con la ansia de descubrir si sabré por fin, cuando el viaje concluya, de dónde vengo y cual es mi destino. 
Acabo de subir a este tren, rumbo a un destino que no conozco. Lo he tomado por el aroma a incienso de sándalo, que mezclado con el de las flores de mi vestido embriagaba hasta morir y por las sonrisas de las azafatas, que, por una vez en la vida, parecen satisfechas con su trabajo. Y porque los asientos parecen tan mullidos que es posible que aguante hasta el final del trayecto quieta y sin rechistar.
Aunque hay buenos presagios, no he preguntado adónde se dirige.
Pero sé que allí, en el destino al que voy, hay rincones donde noviembre acaricia con la nieve las tejas que cubrirían felices nuestro balcón. Y la lluvia sabe a fresas, y las noches son tan largas que es imprescindible ocuparse de hacer un buen fuego.
Si quieres, puedes encontrarte con las raices profundas de los cedros centenarios, y de ahí unas manos mágicas te llevan a sumergirte en los fondos abisales de los océanos a conocer criaturas que aún están por descubrir.Yo voy a hacerlo, estoy decidida. Y después, ¡ ay después!,
daré un salto tan grande, tan grande, que el águila que habita las cumbres más altas me recogerá con sus zarpas y me invitará a cenar en su nido.
Y aprenderé de ella a ser libre. Y a estar alerta. Y a agudizar la vista. Y a cazar ratones. Que para eso me voy de viaje, para conocer otras vidas.
Y con mis alas desplegadas, y mis raices alimentándose del fondo del mar, donde ya no naufragan los barcos, grande, expandida, crecida de mí como las avalanchas naturales del deshielo que traen buenas nuevas, volveré a la dulce casita, a nuestra dulce casita azul
a soñar entre tus brazos
con trenes que me llevan lejos, muy lejos de aquí. Rumbo a mi destino.
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Paula
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11:44 a. m.
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06 octubre 2006
La bella durmiente

La bella durmiente
mira de frente
la rueda de su destino
En el tiempo en el que todas las promesas aún están por cumplir, resulta que es fácil distraerse. Después también, pero lo cierto es que las señales se presentan una tras otra, como en un desfile cirquense y quien quiere distraerse sabe que tiene que ignorarlas.
La bella durmiente todavía no distingue las señales. O quiza las distingue tan bien que le fascina el despliegue mostrado para disuadirle de coger otra ruta. Y es por eso que la vía alternativa, la que nunca debería tomar, (según dicen los otros, los que aseguran saberlo todo y silban y te miran mientras escupen soberbia, dándote por perdida si te atreves a encararlos), se vuelve irresistible, la atrae como si le inyectaran los días certeros de pompas de jabón que suben al cielo y explotan ante la vista de los que aún contemplan las nubes.
Gira la rueca, y gira y vuelve a girar.
Parece tan fácil, tan rutinario, parece tan quesehacesolo que canta, canta y ríe feliz, ajena a las sombras que están midiendo su talle. No conoce el peligro, o tal vez sí, quién puede saberlo si en sus ojos hoy están brillando miríadas de estrellas vírgenes. Conoce bien el peligro, entonces, pero las estrellas tienen su propia danza y están naciendo las galaxias a su alrededor.
Demasiada belleza para decir no.
La bella durmiente gira la rueca. La bella durmiente está sangrando. La bella durmiente ha caído, dulce, serena, con una conquista en los labios y un triunfo en el corazón.
Y ahora, no quiere dormir. Pero el estigma de los malditos ya ha tocado su frente.
Dicen que ahora sólo queda esperar, que el castigo viene sólo y esto se resuelve con el tiempo, cuando todos olviden, cuando a nadie le importe ya que hubo quien se atrevió a girar la rueca, a desobedecer el mandato, la encomienda, y se atrevió a caminar descalza por las cuevas de la esperanza. Pero el tiempo, maquiavélico, se ha detenido bien a conciencia, y nada de lo actualmente presente parece tener poder suficiente como para darle cuerda de nuevo.
Como era de sospechar, la bella durmiente tiene frío, y nadie viene a arroparla. Y no será ella quien proteste. Ni quien suplique piedad. Simplemente se revuelve en su urna de cristal, y acaba de caérsele un sueño de entre los mechones de su pelo. Y a su alrededor, todos duermen, y los que presumían de saber todas las respuestas, reconocen borrachos que jamás se plantearon dudar.
La bella durmiente está sola. Como siempre, desde siempre. Y yo diría que no duerme tanto. (Quien no cree merecer un castigo, puede que no tenga que sufrirlo).
La bella durmiente decide.
Y el tiempo, planifica su venganza.
La bella durmiente no espera.
Le están saliendo espinas entre los pliegues del vestido, y dicen los que entienden del tema que la próxima primavera se convertirá en rosal.
A ver quién se atreve a condenarla entonces.
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Paula
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