Viaja una estrella desde tiempos remotos y se está preparando para explotar. Hoy me he asomado a la ventana, a mi nueva y abierta ventana, y aún cuelgan del cielo atisbos lejanos de su resplandor.
Y sueño con la niña que ha nacido prematura y valiente, y que se bebe el mundo como si ocultara el océano en sus ojos. Se izan las banderas de guerra a su paso, y el puente flotante, de niebla y precipicio anticipa los muros que la han de resguardar. Juega con mis manos, manos que sostuvieron espadas antes de partir, antes del disimulo. Serena de viento y promesas, nadie más habrá de contenerte.
Que se preparen las señales, que se preparen los imposibles, que se preparen ante las cuadras desmanteladas, los unicornios en los que ya cabalgué. Que se preparen los himnos, y que el banco que quiso hipotecarme implosione de certezas.
Afilad las trompetas, que alguien de paso ligero está rompiendo su destino.
Y cantan también extraños pájaros, las letras redescubiertas entre los brotes prematuros de la primavera.
Palos secos que germinan ajenos a las bombas que revientan las botas que hace tiempo pulí.
Y un soldado, esta noche, velará la muerte y mi puerta, llorando. Y no podré acunarlo en este pecho en el que amamanto los pasos que sueño dar. Abismo insondable de roca y arena... ¿qué hay que hacer para saber de ti?
Se desploman las nubes negras.
El mal tiempo concluyó.
Imagen: Camelot, de Gustave Dore.
24 febrero 2007
Renacimiento
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20 febrero 2007
Orden

Un vago sentido de orden emerge de cualquier observación continuada de la conducta humana.
Skinner, 1953
Imagen: Paula y Laksmi.
Definitivamente, yo encuentro mi orden durmiendo. De eso, cada vez tengo menos dudas...
¿Cómo lo encuentras tu?
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13 febrero 2007
Paracaidistas
Me gustan los paracaidistas porque vienen del cielo
y traen arneses a los que agarrarse.
Me gustan porque casi casi vuelan, y porque parecen acostumbrarse a saltar al vacío. Y no les paraliza el desconocer si habrá tierra mullida o una roca dura bajo sus pies. Porque un día superaron su miedo ancestral y confiaron en la anilla que iba a concederles la danza mágica de dorado celeste al atardecer.
Desconozco si en el descenso, al contemplar la creación, llorarán emocionados, o simplemente se dejarán mecer por las nubes. Y si algún ser querido, de los que ya emprendieron el vuelo, les recordará en un susurro que algún día también podrán prescindir del paracaídas para surcar el cielo. Desconozco su impulso, y el motor que los hace tan intrépidos. Pero aplaudo sus ganas, sus risas locas y su miradas perdidas en el horizonte al tocar tierra otra vez.
He visto paracaidistas que se acercan envueltos en guirnaldas de flores de las cumbres de donde nace la lluvia. Y son porteadores de las botellas con los mensajes que aquella vez lanzamos al mar. No sé si llevarán también la mía, y lo cierto es que no me importa. He visto como en el descenso descorchaban nuestra esperanza y se la bebían a tragos. Brindemos entonces por las nuevas palabras, renacidas, que cantaran los coros invisibles del cielo, una vez que hayan aprendido nuestras letras.
Me gustan los paracaidistas, porque tienen perspectiva. Y una visión panorámica de lo que les aguarda. Y pueden disfrutar viendo la tierra reseca al recibir ansiosa el fruto de las nubes que ha de nutrirla. Y los ríos cuando manan, y el estruendo del deshielo. Y como compañeros de viaje cuentan con las águilas y su libertad. Y si saltan en grupo forman círculos y parece que danzan. Se dan la mano, y se deslizan por las corrientes. Y no dejo de preguntarme cómo pueden tener tanta y tanta confianza en el salto. Y qué sentirán cuando el viento sostenga la planta de sus pies. Y si tuvieron que pedir, en algún sitio, permiso para aterrizar.
Me gustan los paracaidistas, porque se dejan caer.
Y traen entre sus pestañas las visiones de lo que ha de venir.
Ha aparecido un arco iris lejos, allá lejos, ¿puedes verlo?
Imagen: Oberon, de George Baselitz
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08 febrero 2007
La rehabilitación
Un mal golpe imprevisto, y en cinco segundos mi vida cambió. La ambulancia vino rápida. Yo escuchaba cantar los pájaros desde la camilla, y pensé que a esas horas deberían haberse ido a dormir ya. Aunque es posible, ahora que caigo, que no cantaran, que fuera una melodía imaginada, o tal vez yo misma cantaba, y que quisiera estar en algún lugar donde, pese a todo, aún había motivos para entonar canciones. Dulce vuelo de atardecer, cuando las golondrinas baten las nubes y generan hogueras musicales. En el hospital tuvieron que darme algunos puntos en el corazón. Corazón herido una vez más. Sangraba mucho, y su latido, en el pecho, recordaba a las emisoras mal sintonizadas. Podría parecer insoportable, pero apenas me dolió. Supongo que conseguí anestesiarme proyectando futuros llenos de luz. Dijeron que no era nada para lo que podría haber sido. Que tuve suerte. Que otros corazones, con golpes más pequeños, se resienten mucho más. Que mi constitución es fuerte, y que el corte fue limpio. Que me cogieron a tiempo. Y que tengo un espíritu luchador, que no parece querer rendirse, y que eso es lo que me ha salvado de un daño mayor.
Ahora mi corazón está en rehabilitación. Dicen que podrá recuperarse del todo, que contra todo pronóstico, no quedarán secuelas, y que en breve tiempo, siempre y cuando haga los ejercicios que me manden, volverá a funcionar como siempre.
Evidentemente, no puedo comer nada que tenga culpa, dolor o resentimiento. Ya me imaginaba que esto me lo iban a prohibir. Tampoco puedo permitirme ni desilusiones, ni malos ratos. De torturarme con ideas de baja autoestima o de incapacidad, ni hablar. Han sido muy estrictos con esto. Dicen que ahí está la clave, ellos sabrán. Y de vez en cuando, pero sin abusar, puedo beber un poco de llanto, pero hasta eso me lo han limitado a una vez por semana. A ver si puedo, ya veremos.
Me han recetado un montón de pastillas, y me he vuelto extremadamente disciplinada a la hora de tomarlas. Quién me lo iba a decir, con lo poco que me gustaban antes los medicamentos... Tres rojas al día para estimular mis ganas de dar besos de nuevo, dos verdes después de cada comida para digerir bien la esperanza, dos azules antes de la cena, para volver a soñar. Al amanecer me pongo unas gotas para que mis ojos se enfoquen bien en la belleza que me rodea, y antes de ir a dormir, tengo que tomar una cucharada sopera de jarabe, (con sabor a fresa, todo hay que decirlo), que actúa directamente a nivel neuronal y me llena de pensamientos alentadores. También me han dado un inhalador, por si me da por recordar malos momentos o por ponerme triste, para que rápidamente se abra mi pecho y entre la poesía directamente al torrente sanguíneo a descongestionarme el alma. Cada vez que lo utilizo, me da la sensación de que el cielo me quiere, no sé explicarlo mejor. Juraría que crea dependencia, pero no voy a decir nada, no sea que me lo quiten. Me recomiendan llevar siempre conmigo unas cápsulas de ternura, y de momento, con éstas, no me han puesto ningún límite. Puedo tomar al día todas las que quiera. 
Tengo que caminar hacia mi futuro, dos horas cada mañana, y sin mirar atrás. Y tejer nuevos planes y abrigarme bien con ellos al salir. Para que ninguna corriente de desaliento pueda contracturarme, que aún estoy delicada para exponerme a los malos vientos así como así. Pero que si voy protegida, no hay peligro. Todo lo contrario, parece ser que me va bien, fíjate tú.
Y para terminar mi rehabilitación, como última tarea, o encomienda, que casi parece más una prueba iniciática que una recuperación, dicen que debo abrazar todos los días a alguien, para que el corazón vuelva a querer, y no coja el vicio de ser desconfiado.
Todavía no me atrevo. Y es por mi timidez.
Creo que necesito voluntarios.
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02 febrero 2007
Recuerdo
Recuerdo la luz. No recuerdo la canción. Recuerdo el sitio, y cómo estábamos sentados. Recuerdo el olor. Cómo lo recuerdo. Siempre recuerdo el olor. Lo que más recuerdo de ti, lo que perdura siempre, es el olor. Ya lo sabes. Recuerdo también tus ojos, mirándome sin quererme mirar. Recuerdo que querías no estar. Que querías no haber estado. Recuerdo que ante todo, querrías haber estado. Recuerdo que te arrepentiste de haber estado. Perdón, que nunca te arrepentiste de haber estado. Recuerdo que te arrepentiste de no haber estado. Como yo. Recuerdo mirar tus ojos llenos de culpa, y no saber a quién culpar. Recuerdo que me sentí culpable. Que sentí culpa por tu culpa. Que hice tu culpa mía. Recuerdo que quisiste retirarte a tiempo. Hace ya tiempo. Y que no hubo tiempo. Recuerdo que yo también quise retirarme a tiempo. Y tampoco encontré el tiempo. Hubo tiempo después. Tiempo de culpa. Y tiempo sin tiempo. Recuerdo las ausencias. Y el vacío. Las alas de los ángeles azotaban entonces nuestra ventana. Nunca me creí del todo que aprobaran nuestro amor. Aún revolotean las plumas cuando me retuerzo de soledad al amanecer. Recuerdo que sus himnos generaban la niebla que nos procuraba esconder. Por no sabernos retirar a tiempo. Pero nunca quise retirarme. Tú tampoco. Recuerdo la encrucijada. Y el laberinto. Y el minotauro nos acorraló sin piedad. Los ángeles ahora lloran en un rincón. Recuerdo que sus cantos eran claros. Pero no supe entender sus mensajes. Recuerdo mis sueños de entonces. Todavía no sé cómo los interpreté tan mal.
Recuerdo que un día dejamos de hablar del futuro. Que empezamos a abrir paréntesis. Que no podíamos contener las ganas. Recuerdo que nos buscábamos por los rincones, y luego nos escondíamos para no robarnos el corazón. Para que no se notara. Para que pudiera seguir latiendo a su ritmo habitual. A su ritmo cotidiano. Pero nuestro corazón nunca tuvo un ritmo habitual. Ni cotidiano. Recuerdo tu voz. Ahora me suena terriblemente lejana. Y aunque mañana vuelva a escucharte, recuerdo que pensé que no podría soportarlo.
Recuerdo que mientras te despedías de mí, todas las puertas parecieron atascarse. Recuerdo que quería correr, quería correr tan rápido como para detener el tiempo y retardarlo, y retrocederlo, y cambiarlo, no sé, hacer lo que fuera, como fuera, hacer lo que hiciera falta para devolverlo al preciso instante en el que aún no te habías despedido, en el que aún no me habías dicho, esto sí parece definitivo ya. Recuerdo que me tragué las lágrimas. Recuerdo que me tragué el dolor. Recuerdo que tú también tragabas. Pero recuerdo que quería correr. Sobre todo, recuerdo que quería correr. Recuerdo que me imaginé corriendo, y que esa imagen consiguió aliviarme. Recuerdo que hubo un mundo donde yo empecé a correr, y el tiempo estuvo de acuerdo en pararse. Y en ese mundo las cosas me parecieron de otro modo. Recuerdo que las sombras me rescataron de la locura, y me devolvieron en volandas nuevamente aquí. Donde sólo quedan recuerdos.
Recuerdo que finalmente recordé que me abrazabas con desesperación. Que luchabas por retenerme un instante más. Recuerdo que entonces comprendí por qué.
Recuerdo incluso lo que nos estuvimos tomando.
Nunca un capuchino me supo tan amargo
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28 enero 2007
En la cuerda floja. Segunda parte
Pero sigo en pie.
En la cuerda floja.
Con unas cuantas cicatrices como estandartes. Y estos viejos pies cansados aún tienen el ritmo, y la torsión para replegarse sobre sí mismos y dar un paso más.
En la cuerda floja, todo se mueve. Dulce arrullo de olas imaginarias de un océano cuyo fondo algún día me será revelado. Y los delfines de lomo de plata cantarán en mi honor. Y descansaré feliz y viajera en vaivenes que sostendrán mi pesar hasta que se diluya y pueda elevarme entonces y continuar. Y desaparecer. Al fin.
En la cuerda floja, nada está fijo. Y las leyes rígidas que pretenden ampararme se retiran a dormir. A veces, el impulso es tan grande que puedo sobrevolar el cielo y balancearme sobre las estelas de los aviones que cruzan el mundo, y comprobar que hay huellas en la luna que no han sido descubiertas. Y que en sus cráteres asoman secretos que, irremediablemente, olvido al volver. La cara oculta es mi rostro resucitado, limpio de llanto y ausencias, que me ofrece el reflejo de lo que estará por venir cuando el tiempo se desenhebre del último desierto que decidí recorrer. Y el brillo de mis ojos volverá a encender la hoguera, y las piedras volverán a crecer.
En la cuerda floja, hay un anhelo. Y el nudo que me anuda, que me alza y me sostiene, que contiene mi respiración y la libera, pulsa un suspiro que acuna mi pena. Aliento de vida que me reclama, sirena de futuro a la que no puedo dejar de acudir. Veo infinitas puertas, y el cofre de las llaves maestras me salvó del último naufragio. Caminar sin dejar rastro fue mi bendición.
En la cuerda floja.
Conozco desde siempre una danza equilibrista fácil de ejecutar. Y los planetas giran en sus órbitas sin trapecio al que acudir. La barra fija de mi infancia golpea en mi memoria, cuando girar y girar con la pelota azul era un juego, y no podía sospechar que estaba aprendiendo a vivir. Y los saltos y las volteretas despertaban mis risas y la conciencia de estar viva como un gran tesoro que cuidar.
Vive en mí una equilibrista que nació conmigo. Y una bailarina de pasos imposibles que todavía se levanta en puntas cuando avanza. Y una ejecutora del doble salto mortal.
Y me cubre una red que he ido tejiendo con mi canto, con las heridas abiertas y con los fragmentos de cielo que fueron configurando mi sombra desde que camino.
A veces me quejo, es cierto, pero es la resaca del baile
que me obliga a descansar.
En la cuerda floja.
Primera imagen: Funambulista, de Félix Navarro
Segunda imagen: La travesía funambulista, de Rizzibuki
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23 enero 2007
En la cuerda floja
En la cuerda floja
Llevo años caminando en la cuerda floja. En una cuerda que se tensa y se destensa según la voluntad desconocida de alguien cuyas risas a veces, creo escuchar excesivamente cerca de mi oido. Me giro sobresaltada. No hay nadie a mi alrededor. Ni en las calles, ni en la ciudad. Todo está vacío. Y el eco sigue en el aire.
En la cuerda floja, todo se balancea. Alguien me está acunando desde las alturas, pienso, y me dejo mecer mirando un cielo azul, claro y limpio mientras un sol tibio me acaricia las mejillas, y mis manos juegan a enredar los días y a desenredarlos.
A veces, la cuerda consigue tal quietud que la serenidad hace que parezca que piso tierra firme, como tantos otros, otros que miro absorta con sus promesas cumplidas y sus hipotecas a medio pagar, con la seguridad que proporciona el creer que conseguir objetivos es tener un lugar en la tierra. Entonces, yo misma procuro ingenuamente enraizar mis pies y sueño mientras puedo, que también conseguí ese lugar en la tierra y que esa falsa seguridad tiene pase permanente en mi vida.
Pero la quietud miente. Siempre, siempre miente. Nunca conocí una quietud que fuera auténtica, excepto la de las piedras que observan los monjes mientras esperan verlas crecer. Y nunca la quietud se atrevió a cruzar el umbral sin escolta. Con mirada altiva, viene la quietud con un ligero retroceso, y después con un profundo retroceso, y luego con un vértigo donde desfila la trayectoria de lo vivido con una zozobra que me recuerda insultante, que el tiempo ya no se mide en minutos, o en horas, o en años, sino en angustias vacías y en decisiones por tomar. En caminos errados, y en noches desveladas. Y en fugaces momentos que encendieron las antorchas que me dieron calor y alternativas. Es el preámbulo al disparo del arco, nuevamente manipulado por la voluntad desconocida, que me lanza a un nuevo mundo, sola, a ciegas y con el alma desnuda. Y la rueda vuelve a girar.
Después, el alma cimbreante debe ponerse en pie, y seguir. Y el equilibrio perdido, debe ser recuperado. Para seguir avanzando. Aunque los naúfragos ya saben que no han de volver en el barco que les escupió a la orilla, que el mar con sus abismos se ha convertido en un muro tan cruel como hipnótico, que los amaneceres serán el anuncio de que aún se puede continuar, y que, sin más, sin que nadie les tuviera en cuenta antes de estigmatizarlos, se han convertido en supervivientes.
En la cuerda floja.
No conozco otros pasos que los que tiemblan buscando certezas que saben que no pueden encontrar. No conozco más caminos que los que van revelando las rocas al desprenderse con el vaivén. No conozco otro fin en la andada que el de contemplar la belleza, y la exquisitez de la creación.
Ni más estrategias que el convertirme en una buena equilibrista
En la cuerda floja
Imagen: Equilibrista, 1998, de Luis Damotre Duribe
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15 enero 2007
Me pregunto
Me pregunto cuánto tiempo hace que nos besamos por primera vez.
Porque de cuándo entraron las ganas, sí que me acuerdo, como si fuera ayer. O quizá, como si hubiera ocurrido hace un rato. Una llamada de teléfono, y se dispara una alarma. Están despegando las naves en busca de vida en marte. El dios de la guerra se revuelca en la tierra. El planeta rojo acaba de ser descubierto. Implosionan las venas. Y la batalla aún no ha terminado. Recién acaba de comenzar. Otra vez.
Cuántos años han arañado nuestro calendario, cuánta lluvia hemos esperado juntos. Cuántas noches furtivas hemos robado a los parques, a los portales, a las barras dudosas de la ciudad. Cuántos cambios de rumbo, de casa, de coche, de pantalón. Cuántos pasos perdidos, para acabar regando tus flores, una vez más.
Me pregunto cuántas veces te dije “no”, y cuántas tú dijiste “no puedo”. Cuántas fingí no verte, y cuántas desviaste tú la mirada. Cuántas me consumieron los celos y cuántas tuviste que tragar el despecho. Y todo para estar aquí, con las alforjas ocupadas y la piel desnuda y un laberinto encriptado de deseo y miedo dificil de desenmarañar. Y un minotauro de culpa clavando sus cuernos malditos sin ninguna compasión.
Me pregunto quién nos traerá los nuevos pinceles y cómo olerán nuestros nuevos lienzos. Con quien brindaremos sin poder remediarlo. Si jugará un niño con tus ojos, o todo será en vano. Si me llamarás desde la cocina, desde lo más cotidiano, o todavía buscarás mi mano a escondidas para apenas robarle un roce. Me pregunto cómo serán las formas, cómo se desenvolverá el destino. Y cómo nos manejaremos con él.
Si estos afanes por estar separados, por permanecer ajenos, por negarnos el trajín de conquistarnos y desesperarnos y volvernos a remontar, como quien asciende las cumbres peligrosas e imantadas del anhelo, cuestan lo que valen. Y si las noches en vela merecen lo que duelen, junto con el ansia de despertarnos, un amanecer más, empapados en sudor y en ausencia, y con la absoluta certeza de estar errando de soledad.
Me pregunto si aún correrán las fechas o algún día el tiempo se detendrá definitivamente.
Y si en el momento de nuestra muerte,
cuando todo esté concluido,
este fuego que todavía nos consume,
podrá iluminar, con una aureola iridiscente e infinita,
nuestro último viaje.
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5:25 p. m.
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10 enero 2007
Requiem
Murió la noche de reyes.
Reconocimos a la madre por el luto. Su cuerpo está quebrado, y necesita de un sostén para alcanzar un asiento. Su rostro se ha convertido en un porqué y hay un grito desgarrado incontenible que aulla desde sus entrañas. Y el dolor de hoy es el dolor multiplicado de ayer, cuando años atrás tuvo que velar a su primer hijo y los abismos habitaron su casa desde entonces. ¿Cuánto tiempo abrazó a mi madre, que la crió desde niña? ¿Fueron minutos, horas, siglos? Sólo se oye la respiración de ambas, y sus llantos al unísono se convierten en el requiem que resuena en los olivos. Y un caballo relincha a lo lejos, porque sabe que su dueño no ha de cabalgarle nunca más.
El padre me abraza a mi también. No puedo decir nada. No tengo nada que decir. No sé nada que pueda decir. Siento sus lágrimas mudas caer lentas sobre mi hombro. Una detrás de otra. También presiento una canción. Saeta desesperada de océano y silencio, que busca rabiosa un dios al que reclamar tanta muerte. Y el mundo se para alrededor, y sólo hay un corazón que late en hueco. Su pómulo tibio se apoya en mi cara y mis brazos le aprietan tanto que creo que en otro momento hubiera podido hacerle daño. Pero no hay dolor que pueda ser añadido. Finalmente lo arrancan de mis brazos. Me mira. Por un instante creo que me ve. Y busca una silla cercana a la cabecera de su hijo, apoya la cabeza en la fría madera y sigue llorando. A veces, alguien se acerca y le seca las lágrimas. Y las dos madres, la mía y la del que ya no está, siguen entonando el requiem a lo lejos.
El hermano y la hermana, sobrevivientes como Hansel y Gretel, buscan las migas de pan de un cuento que les ha madurado de golpe y que sólo les conducirá al camposanto, donde no habrá ni juegos, ni gominolas, ni complicidades. La bruja mala ya cumplió su amenaza. Y lloran desconsolados mientras se abrazan y anhelan las manos que ya no han de estar más, y la casita de chocolate hoy es una tumba repleta de flores que no podrá derretirse bajo el sol.
Una mujer joven, apenas una niña de ojos rotos, destila su alma en lágrimas que caen gota a gota sobre el ataud. Acaricia el cristal y le está hablando. Le susurra de seguido, y a veces, le medio esboza un gesto parecido a una sonrisa. Después se derrumba, y los brazos ya no le alcanzan para abrazar el cuerpo sin vida de su vida partida. Pero otra vez se calma. Y se vuelve a asomar. Y le sigue contando sus secretos de amantes recién estrenados, le sigue hablando con voz queda, de carrerilla, porque sabe que las horas están contadas, y que al amanecer, ni siquiera tendrá esa carcasa a la que dirigirse. Al amanecer, al frío y turbio amanecer, sólo le quedará el silencio. Y una ausencia inconcebible. Y una casa vacía. Y un futuro sin él. Y un vientre sin fecundar.
Y tengo que huir de la habitación, donde se vela el cuerpo, si no quiero derrumbarme yo también.
Lloramos una noche entera, y no se terminaron las lágrimas. Creo que envejecimos todos diez años de golpe. A media mañana, le acompañamos cuesta abajo, camino a la iglesia, mientras su padre, su hermano y cuatro hombres más cargaban su última estancia en este mundo sobre sus hombros quebrados. Y les sigue un pueblo de juventud que arrastra su pena en los pasos que deberían estar bailando y ha aprendido demasiado pronto lo traicionera que es la muerte.
Desolador desfile de rostros ahogados por las mismas calles por donde, 19 años antes, yo portaba llena de ilusión su cuerpecito minúsculo de bebé casi recién nacido entre mis manos, como un tesoro, y lo llevaba a bautizar. Recuerdo que al doblar la esquina comenzó a llorar. Y yo le canté una nana, y lo reacomodé entre mis manos, y se quedó dormido. Se despertó con el agua bendita.
Murió la noche de reyes.
No hay agua bendita que pueda despertarle más.
Imagen: Muerte en la alcoba, de Munch
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12:51 p. m.
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06 enero 2007
Regalo de reyes
Los Reyes Magos recogen sus carrozas, las pliegan sobre la mesa de los panes que han de amasarse y las archivan en el cielo de los perdidos para que pasen inadvertidas. De niña, o quizá ya no tan de niña, no me convencía que los reyes pudieran hacer una travesía por el desierto en carrozas. Demasiada arena y demasiados pocos caminos. Y demasiado traje brillante para un viaje tan incómodo. Pensaba yo.
Han visto unos camellos retozando en Uzbekistan, cerca de la frontera, y nadie sabe cómo han llegado hasta allí. Aún tienen polvo de estrellas entre sus pezuñas. Y escondidos entre sus alforjas los peluches de los niños que no saben escribir sus cartas porque tienen que cumplir con su jornada laboral que coincide con las horas de sol. Si quieren comer. No les quitará el sueño el tener que elegir entre tantos juguetes que bombardean sus ojos ante el televisor. A ellos ya les bombardearon el alma, y el futuro, y no tienen televisión. Y cuando rescaten su osito de entre las piedras, mirarán a su alrededor y buscarán una respuesta, y sólo verán unos extraños camellos, que nadie sabe cómo han llegado hasta allí, retozando bajo el sol. Y unas campanillas tintinearán en el cielo, y por un instante, estos niños serán niños, y el mundo volverá a ser un lugar habitable.
Hoy las calles, las calles de asfalto donde las tiendas abren hasta el final para los rezagados, las calles donde casi nadie pasa hambre, las calles que ya no recuerdan que muchos siglos atrás también fueron un desierto, y después unas ruinas, y después se convirtieron en ciudad, están llenas de conformidades. De sorpresas un pelín forzadas, de envoltorios de palpitaciones que no podrán cumplir las expectativas y de pequeñas dosis de exaltación arrancadas de cuajo a la vida, que tendrá que buscar rutas alternativas para darnos lo mismo sin herir nuestra estima.
Pero alguien ayer me envió una receta.
Y mis manos, y mi esencia, volvieron a cantar.
Alguien ayer me devolvió la varita mágica. Y mientras los aromas de mis pasteles nuevos inundaban la casa, una estrella se desprendía del cielo. Y recordé que esa imagen, la de la estrella desvaneciéndose, según las leyes de la física, ya no refleja el presente, sino el declive lento y asombroso de un cuerpo que pierde su luz.Y descansé. Y los luceros temblaron de futuro.
Y sonreí.
Porque mi presente es un regalo. Y está brillando.
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03 enero 2007
Puerta al infinito
He descubierto una puerta nueva, y quizá sea la ruta alternativa a tomar.
Se abre ante mí con su carga de infinito, con su fondo lleno de misterio, con las súplicas de los naúfragos que lloran por los hijos de la tierra que no han de volver a pisar. Y con la primera sonrisa de las nubes que contemplan el lecho donde van a dormir su sueño eterno.
Se despliega como la paleta del pintor antes de iniciar su obra maestra, la que hará avanzar al mundo de tanta belleza, convirtiéndose en el motor que inicie en la batalla la defensa de la vida por encima de cualquier ideal.
Llora un recién nacido en su cuna. Y los ángeles y sus nanas de plumas mágicas comienzan a danzar.
Hay un mar que mira de frente y me está seduciendo, y avanzan las olas como las cintas de raso de una bailarina experta que quisieran enredarme los pies. Salado rapto sugerido, al que no voy a poder negarme, de tanto que cantan las sirenas lejanas mi nombre.
Intuyo unas huellas en la arena que se pierden en el mar.
Sobrevuelan las gaviotas ante mis pasos, y creo que me están indicando el camino.
Se despiertan las auroras en los cielos y la rueda gira inventando mis días.
Y mil olas acarician con tal delicadeza las rocas que van a provocar los sueños de los marineros que todavía tienen sus redes vírgenes
Hay un amanecer que me está esperando
y un sueño que empieza a florecer entre los pliegues de mis manos.
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9:18 a. m.
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30 diciembre 2006
Feliz año
Que un rayito de sol ilumine tus días
y una manta de afecto encapote tus noches
y al estirar tus pies cansados entre las sábanas
encuentres el tibio calor de la compañía añorada.
Que llueva los días de llanto
y la niebla envuelva la duda que te desvela
que el mar te acompañe en tus paseos más solitarios
y las montañas refugien tus sueños
Que en sus entrañas nombren una cueva
para las estalactitas de tus deseos
y cuando se derramen devenidas en joyas
nazca el río
del que pesques la entereza para seguir en pie
y el coraje para alcanzarlos.
Que una suave brisa acaricie tu rostro
cuando ya no puedas más.
Y si cierras los ojos, que sientas la mano de tu madre
cuando te arropaba en la cuna
y su dulce tacto en ese mundo embarrotado
era el regreso al paraíso del que te habías desprendido.
Que nunca una ola te devuelva la botella con tu grito de auxilio
para que sigan vivos tus anhelos.
Pero si es así, que venga con una llave y la dirección de la nueva puerta
que podrás abrir con ella, para que veas que no todo fue en vano.
Que los bandidos no te ronden más que para enseñarte sus canciones
y si alguien viene a herirte, que te encuentre preparado para la batalla,
como un árbol de siglos, en pie.
Y que una tormenta te avise a tiempo de lo que te acecha.
Que nunca te falte un poema recitado en voz baja
para que te arranque las lágrimas y no se encostre tu alma
ni un amigo que patalee de rabia
ante el mal que derrumbó tu casa
y te abrace después y te diga: todo va a estar bien,
y te ayude a desescombrar las ruinas
contándote de la vida hasta hacerte reir.
Y que te invite a bailar.
Que si te duele el corazón
sepas entender sus motivos, y escucharle
y actuar en consecuencia.
Y si la enfermedad busca tu cobijo
tengas las herramientas a punto para disuadirla
Que nunca te falte el aroma
con el que poder descansar y sentirte en casa
ni el deleite del plato que más te gusta
cocinado por manos amorosas
Que no se agote el discernimiento ni la inspiración
ni te abandone el ángel que vigila tu ventana
Que fluyan tus días
como las bandadas de pájaros
que baten sus alas aplaudiendo la creación
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26 diciembre 2006
La despensa
Tengo un wok con tapa y asas metálicas, una sartén asadora nueva y un horno con tantos botones que no sé si voy a saber utilizar. Hoy por hoy, lo empleo para guardar los moldes de los dulces que hace tiempo tampoco cocino.
Me compré una vajilla blanca cuadrada, de esas que lucen cualquier exquisitez, unas tazas transparentes como las de los capuchinos del Mombasa, y un lavavajillas que deleita mis siestas con su ronca canción. Nunca imaginé que un abrillantador pudiera borrar tus huellas de esta manera.
Ya he llenado los cajones de abajo del combi de comida para más de un mes. Lástima que los paquetes ahora son individuales y da la sensación de que la cosa va para largo. De vez en cuando cojo el carro de la compra, me disfrazo de tiempo y me acerco al mercado, y me llevo las gambas rojas por kilos, por si algún día tengo que celebrar algún acontecimiento interesante... volver a leer al ritmo de antes, sin ir más lejos, sería un buen ejemplo. Ya sabes, de tanto regar la esperanza, parece que no ha muerto, simplemente, descansa. Igual la hice trabajar a destajo los últimos meses y ahora está exhausta y para pocos trotes.
La batidora de vaso me espera, la verdad es que luce mucho en la cocina, aunque no sé si era necesario comprarla para adornar. A veces la oigo llamarme como en un susurro, y ya no sé si confundo su voz con los trailers de las películas de miedo que de vez en cuando se asoman por mi ordenador o efectivamente me está pidiendo un gesto por mi parte. Y le presto atención, de veras que es así, pero no tengo ni idea de cómo hacía los batidos, ni las cremas, ni los purés. Recuerdo que me gustaba mucho el yogur con frutas, pero que yo sepa, no es necesario una batidora para esto. Para ser sincera no tengo ni puñetera idea de en qué estaba pensando el día que compré la batidora. Supongo que inconscientemente quería digerir triturado lo que se me estaba atragantando en ese momento. Pero ni aún con esas.
La despensa está llena. Dispone de múltiples harinas, levaduras naturales y artificiales, leche de distintos cereales, conservas hechas por mí cuando aún tenía deseos de conservar algo, y conservas compradas en hipermercados, que te solucionan una cena en un instante. Siempre y cuando tenga ganas de cenar, claro. Dispone también de alguna que otra botella de vino, de estas de reserva que dicen que son las mejores, con aroma y con cuerpo, por si algún día, como decía antes, tengo que descongelar las gambas rojas, y celebrar algo. Y cómo no, aún con el precinto de seguridad sin quitar, vuelvo a tener mi recopilación de las mil y una especia, no sólo para contar cuentos que evoquen los faros lejanos del fin del mundo, sino para impregnar de aromas una cocina que sigue sin estrenar. Y la esencia de azahar, y la vainilla, para esas galletas moldeadas a mano que hasta yo echo de menos.
Me compré una colección de paños nuevos, y un delantal que es un primor. Instalé la cafetera, y el café, gracias a Dios y a mi determinación en hacerlo, que una no se encuentra el café hecho por más que rece, cosa que además, no acostumbro, sigue impulsando mis amaneceres y trayéndome el sabor de promesas que quién sabe si están cercanas. Algunos días lo acompaño con tostadas. Y suenan las variaciones de Goldberg y casi casi, recupero mis ganas de cocinar.
Pero mi último guiso se quemó a fuego lento
Y todavía huele la ciudad a incendio.
Imagen: la alacena, de Botero
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Paula
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21 diciembre 2006
Instantes
Algunos instantes el mundo padece de desolación. Se encendieron todas las luces, todas, dudo mucho que quede alguna por prender, y suenan los villancicos, cada uno a su aire, nadie se encargó de coordinarlos, y no hay oidos que los escuchen. Las calles están desiertas, y cientos de bolsas con lazos esperan inciertas las manos que han de abrirlas. Ninguna es para mí. No avanza la niebla. Demasiados árboles talados le han encogido el alma, y llora en un rincón.
Algunos instantes me asomo a la ventana y sólo veo ruinas. Y un soldado está conquistando los desiertos y hace girar la hélice, y oigo sus gritos lejanos mientras afila sus balas y sé que este cielo que me encapota va a hacer que hoy le lluevan mis besos. Besos de arena donde no existe más camino que la dura roca escarpada, besos de ausencia que apenas rozarán su aliento, besos de angustia de saber que su soledad y la mía una noche más durmieron solas. Cabalga un trueno entre las nubes. Y le arrojo una manta con mi aroma, para que lo arrope y le cubra las penas que nadie le va a poder consolar.
Algunos instantes riego la tierra donde se esconden mis flores. Flores que germinarán en primavera, cuando los escombros hayan sido retirados y los cadáveres que aún están calientes descansen en paz por los siglos de los siglos. Cuando brille el sol y yo pueda ver su reflejo. Cuando la luna me cuente secretos y yo tenga ilusión de nuevo por revelarlos. Riego la tierra donde se esconden mis flores, como se esconde hoy mi esperanza. Y espero que todas crezcan y embellezcan mi vida, pronto, muy pronto, antes de que llegue la glaciación. 
Algunos instantes llamo a las puertas, es cierto,
pero no hay nadie al otro lado.
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9:27 a. m.
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14 diciembre 2006
Regálame
Regalame una tarde de las que tengo libres, y trae unos buenos poemas, y vamos a hacer un concurso de lectura, a ver quién hace llorar de emoción antes al otro. Que se destapone el corazón y fluya la ternura, que para ratos amargos, ya hemos pasado unos cuantos en estos días
Regálame entonces una tregua, un rato sin desasosiego, un instante de paz, que pueda recostarme en mi nuevo sofá, y descansar, y soñar con un repartidor que llama a mi puerta y me trae un ramo de calas con tu firma...
Regálame un tango de esos que tú conoces y acércate, aún un poco más, y vamos a aprovechar mi salón vacío para bailar sin reparos, horas y horas, hasta que nuestra danza sea capaz de detener el giro de la tierra
Regálame la barra de un bar, después, con las piernas entrelazadas y un 1800, y dejemos que la noche transcurra contando futuros y desnudando palabras, que no hay nada más que hacer que ver el reflejo de las estrellas que caen en los cristales
Regálame el tiempo y regálame la claridad, que por un instante, sólo por un instante, vea que no son todo tinieblas lo que me envuelve...
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10:35 a. m.
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06 diciembre 2006
El final del túnel
Y al final del túnel,
la luz...
Sé que sólo he de seguirla.
Como otras veces, simplemente he de caminar. Echar un pie, y luego otro. Y habré dado un paso. Y después otro, y tranquilamente, el siguiente. Y ya irán dos. Y después tres. Y después de un tiempo, miraré atrás y veré el trecho recorrido, con los pasos incontados y sus huellas apenas perceptibles, y me preguntaré... ¿Cómo hice para estar aquí? Porque la rueda seguirá girando, y posiblemente no recuerde que un día, decidí echar un pie y continuar. Y es por eso por lo que escribo, para que no olvidar que mi presente se configuró con las decisiones del ayer, que nada es fortuito, que paso a paso, voy creando ese porvenir que me visita ineludiblemente. Con su caja de bombones, incluidos los amargos.
Aunque hoy, ya ha anochecido, y he mudado mi vida, mi casa, y mi piel
Y estoy reajustando mis pertenencias como hace poco reajustaban mis huesos...
mis párpados se cierran anhelando los días y las noches que han de emborracharme con promesas nuevas, si bien sé que es el agotamiento absoluto de mis fuerzas el que los hace caer.
Así que creo que tengo bien merecido
reclinarme un rato
y descansar.
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11:11 p. m.
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02 diciembre 2006
Ahora
Ahora que el tiempo ha terminado, que la nueva casa toma color y forma, que las calles de la ciudad me confunden y en los taxis dudo adónde ir
Ahora que cambio de llaves, y de cerradura, de puerta y de portal
Ahora que cunden los días y se amontonan los libros y los dolores, y las noches se deforman y no hay estrella-ni luna-ni nube-ni sol, ni tarjeta de crédito que pueda consolar la congoja y la incertidumbre
Ahora que he de embalar mi corazón y trasladarlo de cama y de almohada
dudo mucho que nadie sepa cuánto me cuesta abrir una maleta, y empezar la mudanza
Imagen: Maletas - J. Enrique Gonzalez
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8:05 a. m.
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27 noviembre 2006
Si espero un rato...

Si espero un rato se me pasa
Tan sólo he de permanecer quieta, con la respiración suave, calmada. Buscar en alguna parte de mi cuerpo el latido del corazón, y escuchar su canto. Saber que sigue funcionando independientemente de la congoja, del abandono, del miedo, del dolor. Que es más poderoso que mi deseo de pararlo, que mis ansias de descansar. Que lidia con agujas en las arterias, pero las disuelve con milagros, con su martilleante ritmo de vida y futuro. Quedarme tranquila, que él hace todo por mí en estos días. Mi maltrecho corazón, mi malherido corazón, lo quisieron desgajar y no pudieron, y aún tiene más garra que yo, y mantiene altivo su latido.
Sólo consiste en esperar un rato, un rato más.
Prepararme un café y deleitarme en su sabor. Sentarme en el sofá, y esperar que mis gatas se suban encima, con ese salto tan gracioso que dan, y busquen mi mano, descaradamente, para que las acaricie. Y maullen si les hablo, contestándome en ese idioma gatuno que no soy capaz de entender. Sentirme de caricias necesarias y de calor buscado en estos días en que desperdicio ausencias. Tomar una onza de chocolate, y comprobar que no todo lo amargo es desconsolador. Y justificar el nudo del estómago con lo bien que sabe.
He de permanecer atenta, y asomarme a la ventana justo cuando el sol se está poniendo, para ver que una tarde más, el cielo sigue su ciclo y no se ha derrumbado. Y comprobar que, independientemente de las sombras que rodean mi perspectiva, la belleza se sigue exponiendo con su descaro habitual, vamos, que el atardecer ni lo pinto yo, ni depende de mi vaivén, por suerte.
Y proyectar cómo han de ser mis nuevos días, con sus nuevas noches. Y si la luna que he de ver será la misma que he visto hasta ahora. O por fín me enseñará su cara oculta. Y me contará quien la conquistó de veras por primera vez.
Si, tan sólo depende de dejar que pase
Que pase este silencio, que caiga este muro, que se manifieste el mapa que he de aprender de este nuevo continente que he de conquistar ahora que la batalla se acerca. Ahora que la cruzada vuelve a ser en solitario, ahora que he de enfrentarme, sin espada ni escudo, a lo que contiene la caja que se destapó. Y que no tiene cierre posible. Que aparezcan las señales, y que sean claras, porque de veras, en este instante en que se duermen los sueños, me siento perdida.
Aunque si espero un rato,
se me pasa
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6:35 p. m.
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22 noviembre 2006
Sueños rotos
Los sueños no terminan.
Alguno, quizá, simplemente, se ha muerto de amor. O de desesperanza. O de deseo. O de olvido. O ha caído triturado ante las apisonadoras que prometían allanar los pasos.
Y otros cogen las riendas de los caballos salvajes y están galopando entre galaxias nuevas, y sé que tengo que apurarme si quiero alcanzarlos. Hace tiempo que corté la cabeza a la medusa, y vi nacer a Pegaso de su sangre. Iridiscente y poderoso, relincha y me llama, y siento su aliento en mi cuello, susurrándome que ha venido a buscarme para llevarme al cielo que me pertenece.
Pero estoy lidiando con una mala sombra. Una que llevaba tiempo de guardia en mi puerta, que ya no es mía, y me arrebató las botas de montar. Y me dispara bolas de fuego, a mí, que nunca usé escudo, que nunca creí que fuera a hacer falta. Rompió los espejos para que no la viera, a ella, la mala sombra, y de frente siempre mostró una sonrisa. Anoche derrumbó la casa, y he tenido que dormir entre escombros. Las últimas rosas del otoño murieron entre mis manos. Ahora sólo quedan sus espinas. Clavadas en mi piel. Mi corazón está bombeando cristales rotos, y mis dos gatas se arrebujan inquietas en mi mochila y me piden que les de un nuevo hogar.
Rescaté de las inmediaciones, mientras se abrían los abismos ante mis pasos, el atrapasueños que el ángel custodio de ojos mágicos dejó en Villafeliche cuando vió el peligro. Aún conservaba mis sueños intactos entre su red hechizada, la única herencia con la que he de partir, con la que he de recomenzar. Y prometí al ángel, en un gesto de gratitud infinita, contarle mis sueños, esos que tuvo que conjurar para mí.
Y muy pronto he de cumplir mi promesa, cuando los días brillen de nuevo, y en mi balcón luzcan los renacidos rosales. Cuando haya calor en mis ateridas manos, y empuñe otra vez la pluma de la fe. Y pueda cantar canciones, y bailar sin ton ni son. Y cocinar como solía hacerlo. Y reir sin parar. Cuando tenga algo más que la lluvia pasada para regar mi esperanza. Y la niebla que adoro me visite este invierno, allá, dondequiera que vaya a vivir.
Asoma el coraje. Voy recuperando las fuerzas.
“Días futuros que habéis de llegar, esperad un instante que me recomponga el pelo, y sacuda las ruinas. Sé que se acabó el tiempo. Que he partir.”
Y Pegaso espera
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9:47 a. m.
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17 noviembre 2006
Llueve
Los días de lluvia a veces traen recuerdos.
Recuerdos de campanas, cuando aún veía el Pilar, y era niña, y todo era nuevo, y contemplábamos la tormenta en la noche, sentados alrededor del balcón, proyectando nuevos futuros a golpe de truenos. Y el resplandor de los rayos, cuando iluminan la bóveda ausente, y se asoma ese enorme vacío que nos rodea, ese cielo prometido al que, de ser así, no estoy segura de querer ir.
Los días de lluvia me traen mis cuadros, y se monta una exposición. Y añoro hasta que duele cuando pintaba aprovechando la luz difuminada. Y cuando el olor de la tierra mojada, y del rosal del patio, allá por Soria, se mezclaba con el óleo y el disolvente, y yo creía morir de placer. Y escuchaba a Fito Páez, y cantaba con él, y aún no sabía que habría de quererte tanto, y daba una pincelada más. Después de la lluvia, un paseo, y creo que hubo días que me atreví a volar. Al menos, eso contaban.
Me trae tu voz al teléfono, cuando me llamabas desde la esquina porque te habías olvidado el paraguas. Y con la excusa de no mojarte, rondabas mi casa, y mi salón, mis faldas y mi pelo, indiferente, como si la lluvia no la hubieras provocado tú, mago del tiempo, para rozarme la piel una vez más. Me trae el recuerdo de un niño que juega con mis canicas, y con mis gatos, y que me abraza sin saber quien soy. Que me presta su sonrisa, y su futuro, y me devuelve un adolescente diez años después.
Los días de lluvias me traen las tardes de colas para ver el ciclo de cine francés. Y todo era fácil, aunque no lo era, porque éramos tan jóvenes, y nos creíamos invencibles por haber sobrevivido al dolor. Como si ya no fuera a volver. Nunca más. Y nos sentábamos muy juntos, y nos reíamos como si nos fueran a pagar. Y comíamos Toblerones, (¿recuerdas?) , y se nos derretía en la boca, y yo me manchaba la blusa, siempre tan torpe y no tú no podías dejar de reir. Y los paseos en coche, después, con el limpiaparabrisas entonando los secretos que no pudimos guardar. Dulce lluvia que nos recogía en dos asientos, del que sobraba uno, mientras hacíamos kilómetros y kilómetros huyendo de la ciudad. Me trae el silencio también, y tu respiración. El hambre que nos entraba, y lo tarde que se nos hacía, y la lluvia seguía cayendo, testigo intermitente de un reloj que no dejaba de avanzar.
Los días de lluvia, después de todo, a veces, me traen poemas, y un puchero de mi madre para cenar. Una luz en una vela, y un anhelo por cumplir. Tus pies descalzos en la arena, y los miles de pasos que nos quedan por dar. Me traen el futuro, el que ha de venir cuando el cielo se abra y escampe, y milagrosamente brille el sol. Y me siento a esperarle, y voy tejiendo mientras, entre mis manos, para que arrope mi pecho, una nueva ilusión.
Hoy llueve, pero no llegan los recuerdos. Los espero y los invoco, y un mal presentimiento me dice que no han de venir. Se acabó el consuelo entonces. Hay un vencejo que desde ayer golpea mi ventana, y un rayito de sol que no se puede asomar.
¿Se habrán terminado los sueños?
Quiero creer que no.
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Paula
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11:22 a. m.
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