Felices nuestros ojos y nuestros oídos que ven y escuchan. Sabed que reyes, papas, cardenales y obispos, abates y maestres han deseado ver y escuchar lo que vosotras escucháis y veis, pero ellos no lo han visto y no lo han escuchado y no lo conocerán jamás.
Busqué las alturas difuminando el límite entre la tierra y mi piel. Subí montañas, viví en áticos, contemplé el cielo abierto una y mil veces hasta creerlo mío. Me empapé de la lluvia como de las bendiciones y hablé con dios para preguntarle el por qué de su ira cuando me negaba el sol. Imploré hacia arriba, y mis pies fueron ligeros, y me olvidé de las raíces que encuentran a oscuras el alimento para la flor. Y di frutos de aire, que brillaban, sí, pero carecían del húmedo y profundo sabor.
Porque temía descender. Descender a las grutas de mí misma. Descender y encontrar mis cimientos a punto de desmoronarse, en pie a fuerza de un milagro y de mi intento. Descender y encontrar nidos de serpientes planeando envenenar el futuro. Descender y encontrar los fantasmas de los que se fueron dispuestos a rendirme cuentas. Descender y encontrar mi espejo, y no ver nada. Un rostro vacío. Un corazón vacío. Un vientre vacío. Y las telarañas del tiempo azotando mis sienes y riéndose de mí.
Tuve miedo mucho tiempo. Miedo de mí. Até mis manos para no sorprenderme, vendé mis ojos para no saber, tapé mis oidos, aunque las voces siguieron hablando. Tuve miedo y me negué.

Pero un día descendí. Supongo que para enterrarme o para reconstruirme. Supongo que en ese momento me daba absolutamente igual. Y de haber apostado por algo, hubiera sido por la primera opción. Pero descendí, es cierto, y encontré las columnas de alabastro en pie penetrando en la tierra firmes y certeras desde cientos de años atrás. Y supe de los laberintos que recorren el centro de la ciudad y de los templos ocultos bajo nuestros pasos. Y entendí por qué tengo la certeza de estar en mi lugar. Donde creí que habitaban serpientes, permanecía oculto mi origen.
Ahora sé que el miedo esconde algo entre sus fríos dedos de muerte revenida. Que refleja el terrible vacío que se origina al enfrentarnos con lo más grande que poseemos, con esa esencia de eternidad de la que no hemos de desprendernos y que perfuma nuestros días, y algunas noches sin luna también. Que viene con militares pasos certeros, que asedia nuestros sueños y los convierte en pesadillas, y que cuando le preguntamos quién eres se escabulle entre las casualidades (y deja una estela de luciérnagas resplandecientes) porque nadie le enseñó cuál es la respuesta. Por fin entiendo cuando me decías que mi mayor fuerza y mi mayor poder residen en mi oscuridad.
Creí caminar sobre una sima interminable. Pero me equivocaba. No hay abismos donde vivo.
Siglos de sombras, misterio y secretos me sostienen.
Imágenes: Los cimientos de la casa donde vivo. Ocultos a la mayoría. A mi alcance. Disculpad la mala calidad de las fotos, no muestran ni la mitad de la grandeza del sitio. Al día siguiente de conocerlo, alguien que no tenía ni idea de nada de esto me dijo: "Hay que bajar a las catacumbas antes de salir al foro". Todavía no sé qué pensar. O quizá sí.