
Esta mañana han explotado en mis manos, ya no podré utilizarlos para el primer café de recién levantada. No me preguntes cómo. Bien sabes lo mucho que me gustaba desayunar en esos vasos. Tenían la textura perfecta. El color de oro. Conservaban el calor más de lo que te podrías imaginar, aunque ya sé que no te lo creerías si te lo contara. Y me vendrías con mil explicaciones absurdas sobre el cristal y la conservación de la temperatura. Y yo te miraría y guardaría silencio, y pensarías como siempre que esa noche, gracias a ti, dormiría sabiendo más. Altivo profesor de datos muertos, qué ingenua seguridad te otorgaba entregarlos... Pero yo guardaba silencio mientras tú soltabas tu discurso y me abstraía pensando en lo sutilmente que desprendía el café su calor, y cómo esos vasos sabían conservarlo lentamente, como si hubieran planeado la conversación y el tiempo exacto que iba a durar. Esos vasos se alternaban para besarme cada mañana y eran mis cómplices, y mis amantes del amanecer, y con ellos planificaba en secreto mi día, y alguna noche también.
Los vasos de ámbar, como te iba diciendo, se han roto para siempre. Y de pronto, los dos, eran mil pedazos de cristal esparcidos a mi alrededor. Apenas un pequeño corte en la palma de la mano, un instante de enfado, dos minutos de reajuste...
Y aquí no ha pasado nada.
Pero los vasos de ámbar se han roto para siempre. Podría haberse roto un plato de la vajilla nueva, la ensaladera o el cuenco de los cereales que le preparo a mi madre cuando viene a pasar la tarde conmigo. Podría haberse roto un sueño, o un desamparo, podría haberse roto el silencio con el grito de un niño raptado en la calle, o las nubes con una maldición. Podría haberse roto un pacto más en el telediario, o la página del libro en la que garabateaste mi nombre. Podría haberse roto el balcón, haberse desprendido del edificio con un mal golpe de cierzo, convirtiéndose así en la pista de despegue al cielo. Podría haberme quedado sin los geranios, sin el aloe, sin el pequeño rosal que mimo como si fuera un hijo... y sin el nido de palomas que me acompaña. Podría haberse roto el portátil, la cama, la nevera, el televisor. Podrían haberse roto las huellas de esta noche, aunque ésas quisiera conservarlas un instante más.
Tan sólo se han roto los vasos de ámbar. Para siempre.
A partir de ahora, tomaré el café en vasos nuevos.
Primera imagen: W. TURNER. La estrella vespertina. C.1830.
Segunda imagen: M. QUETGLAS. Jacintos.1978. Acuarela.